Cuido luego existo – David Sáenz Guerrero #ColumnistaInvitado

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Tal como se ha dicho en innumerables ocasiones, el problema más grave del siglo XXI es el cambio climático. Tanto así que, puede que lo único que logre cambiar las prácticas que tiene occidente frente a la naturaleza, es que los seres humanos no puedan seguir habitando el planeta. La Tierra ya ha vivido sin los seres humanos, pero nosotros no podemos vivir sin la Pacha Mama.

Dado que el cambio climático se debe a la forma en que los seres humanos vivimos, somos nosotros los que podemos optar por otras formas de vida que se encuentren en sintonía con el cuidado y con la sostenibilidad ambiental, para que así podamos seguir viviendo en armonía con las energías cósmicas que cuidan de nosotros. Hay muchas formas que pueden motivar al cambio, no obstante, desde este espacio se hablará de cuatro. Por una parte, es necesario quitarle la fuerza al dios del progreso infinito. En segundo lugar, los Estados tienen que disponer de toda la institucionalidad para la protección de la vida y de la naturaleza; no puede seguir estando al mezquino servicio de las grandes multinacionales. Además de ello, la inteligencia ecológica de todos y todas, para así cambiar los patrones de consumo. Por último, la responsabilidad de las universidades y de los centros de investigación frente al problema.

El progreso infinito es un mito que se cae por sí mismo, en especial porque los recursos del planeta no son infinitos, por consiguiente, un planeta que se agota destruye la lógica de este mito. Sin embargo, las empresas y las universidades no han caído en la cuenta de esta trampa, dado que siguen persiguiendo que sus compañías sólo vivan para cumplir metas que tienen que ver con crecer y crear un gran monstro que puede acabar con ellos mismos. Las universidades también siguen preparando a sus estudiantes para estar al servicio de las empresas que creen ciegamente en el mito del progreso infinito.

Por otra parte, los Estados deben exigirles a las multinacionales un compromiso sustantivo y no adjetivo con el cuidado de la tierra, es decir, lo sustantivo cambia de fondo la lógica de los procesos, mientras que, lo adjetivo sólo califica una práctica que, en muchos casos sólo sirve de calificativo. Por ejemplo, una empresa puede reducir el consumo de plásticos de un solo uso a cero, pero sigue extrayendo petróleo a través de la técnica del fracking. En este ejemplo, sólo hay un compromiso con el cuidado de forma adjetiva y no sustantiva. Entonces, los Estados tienen que ser muy rigurosos para que el compromiso de las empresas con el planeta sea de fondo.

Además de ello, los Estados tienen que pedirles a las empresas que no vuelvan obsoletos los productos. La calidad de los productos también tiene que ser entendida como sinónimo de durabilidad. Si los productos no duran lo suficiente, se cambian, tal situación hace que se sobreexploten los recursos de la tierra y se caiga de nuevo en el mito del progreso infinito. Sumado a esto, crean una cantidad de desechos que enferman los océanos, los ríos, los bosques, los humedales, etc.

En el planeta Tierra habitamos siete billones de seres humanos, si nosotros nos hacemos conscientes del poder que tenemos y nos responsabilizamos de lo que gastamos, cambiaremos los patrones de consumo, tal escenario traerá como consecuencia que las multinacionales y los empresarios se adapten al consumidor y no el consumidor a las empresas. Por eso se hace ineludible que nos eduquemos en una inteligencia ecológica que nos posibilite estar en sintonía con el cuidado de la casa común.

Finalmente, las universidades y los centros de investigación tienen una gran responsabilidad. No pueden seguir arrodillándose ante las empresas ni a los Estados ciegos. Los centros académicos y científicos tienen que hacer la resistencia, más claramente, en capacitar a los estudiantes y futuros profesionales para que puedan hacer cambios en las formas de producción, eso sí, cambios sustantivos, no adjetivos. Las ciencias exactas y las sociales han de ayudarnos a encontrar nuevas formas de organización política, económica y social que conduzcan al cuidado y la sostenibilidad.

Bien es cierto que este texto rebosa en lo deontológico, lo cual puede sonar impositivo para muchos. Sin embargo, tal como lo plantea Leonardo Boff: cuidar del ambiente, de los recursos escasos, de la naturaleza y de la Tierra han pasado a ser imperativos del nuevo discurso.

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