El silencio de los inocentes – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

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Olimpo no quería recordar dónde ni cuándo había sucedido la tragedia. Desde que ocurrió el malhadado episodio, los días se sucedían con insoportable lentitud, el tiempo pesaba como si fuera la bíblica piedra de molino amarrada al cuello. Respirar se le convirtió en un tormento, era una realidad dolorosa y las nubes de su existencia se fueron oscureciendo presagiando tormenta, su realidad había perdido la ilusión.

Desde el instante en que la explosión iluminó el camino y el bosque, arrancándole la pierna derecha, sintió la metralla destrozándole las carnes, como si fueran las fauces de una fiera hambrienta, queriendo llegar hasta la médula de sus huesos.

Desde ese día, la salvaje realidad borró la sonrisa de su rostro, dibujando en él una mueca de angustia e impotencia, que a veces se desbordaba en un grito desgarrador, en un sueño recurrente, donde veía su cuello amenazado por la cuchilla de una guillotina, sostenida por la mano del verdugo. Pensó que en el camino se habían quedado muchas vidas de compañeros y enemigos en medio de feroces combates, de los que él salió airoso, de la mano de Dios y el escapulario que su abuela le amarrara en el tobillo del pie izquierdo, el día que partió para el cuartel.

Tantas caminatas nocturnas con la vida pendiente de un hilo y acechado por un posible disparo traicionero, siempre persiguiendo un enemigo invisible, camuflado en la espesura de la montaña o escondido en el manto impenetrable de la noche, así, acompañado por las voces de la oscuridad, que se percibían pero nadie sabía de dónde venían, y sintiendo la brisa acariciar  los árboles y tranquilizar sus nervios, esa suave brisa que en un momento podía convertirse en el presagio del trueno, el mensajero de las tormentas, cuando las nubes se desbordaban iluminadas por los efímeros destellos de los relámpagos, corriendo como potros desbocados entre los cerros, y aumentando la incertidumbre cuando recorrían paso a paso el sendero, mientras avanzaban con el sigilo de los felinos.

Con los músculos tensos y crispados en un ovillo de nervios, cuando se percibía hasta la caída de una hoja, o el crujir de una rama rota por un cuerpo que no se ve pero se presiente, en ese momento se sentía el frío de la muerte como el gélido roce de la piel de una serpiente, así iban pasando las noches entre zumbidos de insectos, disfrutando banquetes de sangre ajena, mientras se desarrollaba una cacería del hombre por el hombre, como si fueran fieras asegurando su supervivencia. Allí se perdían las miradas inocentes despedidas por el abrazo materno, para teñirse con la frialdad del asesino en medio de la noche.

En medio de este ambiente había sucedido el fatídico accidente, cuando envuelto en la oscuridad bajó al infierno, recordó que avanzaba con el índice acariciando el gatillo, como en un romance llevando mensajes de tragedia, o el juego siniestro de un depredador con su víctima inocente.

El enfrentamiento ya llevaba varias horas, ellos buscaban abrirse paso para tomarse el puente sobre el río, él no sabía cuántas vidas había segado defendiendo la propia, cuando el destello del relámpago le dejo ver la tan esperada silueta del enemigo, escucho el sonido del disparo, solo uno y rodó sobre su cuerpo, sintiendo silbar las balas cerca, cuando la explosión cercenó su pierna sin misericordia, dejándolo inconsciente en medio de la montaña,  despertó en un cuarto de hospital y quiso correr las sábanas con el pie derecho, entonces se percató de que solo tenía el fantasma de su pierna.

Ese fue el momento de quiebre, al que fue reducido el ganador de mil batallas. El nefasto segundo que acabó con su carrera, como le dijo su madre bañando las palabras con lágrimas “querido hijo diste un paso del cielo al infierno”, entonces entendió que había sacrificado una parte de su cuerpo, en una lucha defendiendo intereses ajenos.

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