Si no le dan, no le quiten – José Ricardo Bautista Pamplona – #Columnista7días

Con esta cavilación quiero llamar la atención de los lectores para generar un espacio de reflexión en torno a la manera como la institucionalidad encargada de salvaguardar el patrimonio, ya sea material o inmaterial, lo acaba sistemáticamente hasta que por sustracción de materia termina desapareciendo ante la mirada impávida de las comunidades.

Lo sucedido en la pasada edición de la Feria de las Flores es realmente inaudito y para refrescarle la memoria a los operadores de la actual administración, la Feria de las Flores se realizó por primera vez en la ciudad de Medellín un 1º de mayo, por ser este el mes cuando florecen las maravillosas especies sembradas por los campesinos en la labranza y que traen consigo las esperanzas representadas en cada capullo.

La iniciativa del visionario antioqueño Arturo Uribe, miembro por aquella época de la Junta de la Oficina de Fomento y Turismo, da cuenta del propósito con el que fue creada esta conmemoración y el valor que se le quiso dar a los silleteros que, para claridad de todos, la silleta no era un ornamento de exhibición, sino un medio de carga.

Los labriegos dedicados a esta noble tarea tenían que bajar caminando a Medellín e iniciaban la faena muy temprano para llegar con la luz del amanecer y regresar en la noche con el mercado de la semana. En muchas ocasiones hacían trueques e intercambiaban flores por comida.

Pero si queremos esculcar un poco más en el bolsillo del tiempo, podemos afirmar que el origen del silletero se remonta a épocas esclavistas, en las que poblaciones afro e indígenas eran las encargadas de llevar las cargas por aquellos caminos no apropiados para las bestias y como se utilizaban sillas, de allí se le dio el nombre de silletero a quien llevaba a cuesta sobre su espalda personas y mercancías.

Los escritores narran que los campesinos de Santa Elena utilizaron este recurso a principios del siglo XX al ver que no podían llevar a Medellín flores, verduras y carbón ya que no existían caminos, ni mecanismos de transporte para bajar al centro y este elemento salido del ingenio popular se convirtió en el medio de envío y el silletero, en vehículo humano.

En un fascinante relato ubicado en la página de la municipalidad se dice que: “Hablar del origen del Desfile de Silleteros, sin mencionar lo que hoy conocemos como Feria de las Flores es imposible. El comienzo del evento se sitúa en mayo de 1957. ¿Por qué mayo? Nuestra sociedad es matriarcal en la que la mujer tiene un papel fundamental como centro y cabeza del hogar y mayo es el mes de las madres”, explica la antropóloga Luz Marina Vélez.

Aparecen acá vínculos interesantes entre la figura de la madre, el culto a María y el tributo a las flores, por lo que los investigadores coinciden en señalar que el hecho de que las fiestas giren alrededor de las flores, incluye un culto a lo femenino y a la fertilidad.

Concluye el escrito que se encuentra en el sitio web de la alcaldía: “Las fiestas y las ferias deben abordarse desde el conocimiento de una característica cultural, y en este caso a la agricultura, que en Medellín se resignifica a través de ese imaginario del campesino paisa”; pero al parecer los funcionarios de turno no se han detenido a leer su portal o peor aún, lo leyeron, y no lo entendieron.

Este maravilloso relato, además de ilústranos sobre el origen la legendaria Feria de la Flores, ratifica la intención de esta columna que va orientada a reclamar de manera justa y respetuosa a quienes tuvieron la “brillante idea” este año de amenizar el tradicional y emblemático desfile con reggaetón, una mezcla absurda que contradice la verdadera esencia de esa efemérides y más cuando en la zona paisa así como las flores abundan por doquier cientos de obras arraigadas en el bambuco montañero, la redova y las vueltas antioqueñas, por mencionar algunos de los aires tradicionales del folclor raizal, y que decir de su bella trova donde se revela el verdadero rostro del querido suelo antioqueño.

Si bien es cierto que los intrépidos jóvenes dirigentes de hoy quieren innovar, experimentar y dejar huella, deben saber que para diseñar o estructurar la programación de estas celebraciones identitarias que por su carácter ancestral poseen declaratorias patrimoniales, primero tienen que reconocer la historia y estudiar con juicio las raíces de sucesos que como la Feria de las Flores en Medellín, el Aguinaldo Boyacense en Tunja, el Carnaval de Barranquilla, El de Blancos y Negros en Pasto, la Feria de Manizales, por citar algunos de los tantos que tenemos en Colombia, fueron creados para poner en vitrina de privilegio la radiografía viva de la cultura popular, refugiado en un pasado de gloria.

El desconocimiento de los jóvenes de hoy es aterrador y la improvisación campea por la institucionalidad amenazando la desaparición de nuestras tradiciones, ante el silencio cómplice de las autoridades y las entidades como el Ministerio de Cultura, quien tiene la responsabilidad de salvaguardar esta clase de programas, porque son ellos, la manifestación más pura de una riqueza ancestral que se debe respetar por más cambios sorpresivos e innovadores que traigan los tiempos.

No deseo controvertir por ahora sobre lo oportuno o no de manifestaciones mediáticas como el reggaetón, ni más faltaba, suficiente tenemos con presenciar la invasión de esta corriente en las parrillas de contenido de las emisoras y las redes sociales, pero lo que si no podemos permitir es que se permeen eventos tan sagrados como el Desfile de Silleteros y se desplacen los aires vernáculos que refugian nuestra historia, para darle paso a una mezcla inoportuna donde de manera  irrespetuosa y agresiva se desfigura el legítimo sentido de una actividad donde nuestros campesinos y las expresiones autóctonas, son las únicas protagonistas.

Urge capacitar a los jóvenes dirigentes, porque seguramente muchos de ellos actúan con buena intención, pero sin conocimiento y esa debe ser, si o si, una condición para llegar a gobernar los pueblos. Entender el pasado, investigar sobre los momentos de procedencia y aprender sobre las tradiciones, porque ellas, como nuestra madre, son intocables por la grandeza misma de su origen.

Así como esta absurda mezcla del Desfile de Silleteros con reggaetón del 2021, hoy son muchas las “aberraciones” que se cometen desde la institucionalidad, por eso es importante la socialización de estos eventos por parte de gestores con experiencia, capaces de transferir el conocimiento a las  presentes generaciones, para hacerles entender que estas efemérides nacieron como huella digital del alma popular y guardan en su acervo un completo santoral que jamás puede ser ignorado y menos adulterado por quienes en su afán de protagonismo, hacen “locuras” en su fugas y a veces lesivo paso por las entidades del estado.

“Cada loro en su estaca” señores, y si no le dan al folclor el lugar que le corresponde, tampoco le quiten las pocas posibilidades que tiene de exponer su belleza como en la Feria de las Flores, donde los abuelos tejen con consagrado esmero verdaderas obras de arte, entrelazando los colores de la entraña con el ingenio prodigado por la Divina Providencia, al son de los sonidos ancestrales que arrullaron sus mañanas.

Un Desfile de Silleteros sin bambucos, redovas o pasillos, es como un sancocho de gallina sin gallina y de eso fuimos dolorosamente testigos en la reciente edición de este certamen, declarado en el 2003, como patrimonio inmaterial de la nación por revivir durante décadas el orgullo paisa.

Con lo sucedido este año en Medellín, las alertas quedaron encendidas en todo el territorio nacional, para que los “Vigías del Patrimonio” ejerzan sus funciones y hagan buen uso del honroso título que les fue otorgado.

“Si no le dan, no le quiten al Folclor”…