Destructores de esperanzas – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

El día dibujaba un tapiz con trazos de colores sobre la curva del cielo, mientras -el sol asomaba tímidamente en el horizonte, todavía con ojos somnolientos, para luego convertirse en una gigantesca naranja roja, que se acercaba dando vueltas sobre la cresta de las olas, venía de frente, envuelto en los colores del trópico, avanzando con su danza marina y la armonía de la naturaleza.

Todas las mañanas se subía al eterno carrusel del tiempo, para colgarse en el cenit del cielo en América, y luego dejarse caer abrazado por el horizonte, salpicando las nubes con colores de ensueño.

Hasta que un día el sol perdió su brillo, a causa de la desolación que inundaba todos los rincones del mar, la llanura y la cordillera. La alegría se había evaporado de la sonrisa de sus gentes, cuando al pueblo le mataron lentamente las ilusiones y los sueños.

Las hijas del arco iris callaron sus mensajes musicales y cuando sus hijos pudieron volar, huyeron tras la continuidad de la vida, protegidas en las alas que les regaló un día el viento.

Entonces, una fatídica mañana empezamos a sentir un extraño aire gélido, que calaba los huesos, traía un olor a tragedia y muerte, con un mensaje permanente emitido desde la casa del gobierno.

Con el tiempo, la soledad invadió los pueblos y en las calles se veían figuras famélicas, deambulando sin rumbo ni destino, con la mirada difusa, perdida en un horizonte inexistente, nadie sabía quién era, la desconfianza se había disuelto en las aguas profundas del temor, la necesidad y el miedo.

El silencio y la melancolía fueron apoderándose de las conciencias y al hermoso sol de otros tiempos lo cubrió una nube oscura, fue cuando empezó a llorar con inmensas gotas de lluvia negra.

El día que la luz se declaró en duelo, vi un perro de color indefinido con el pelaje pegado al  cuero, con parches de comida adheridos a su cuerpo, el pobre animal se movía arrastrándose por los andenes, llevaba la piel pegada al esqueleto, evitando que los huesos se le salieran y quedaran esparcidos por el suelo, con la mirada vidriosa de los moribundos logró sostenerse parado, recargado contra un poste y de sus ojos cavernosos brotaban dos lágrimas rebeldes, que se negaban a rodar por el hocico, para alimentar el hambre y la tristeza del último de los animales sin dueño, que ya lamía la mano extendida de la muerte.

Los días no tenían diferencia, todo se convirtió en un solo rasero, en un solo tiempo, no sé si el día alcanzó a la noche para fundirse con ella, o si la noche cansada y avergonzada de tanta miseria, lo esperó para arroparlo con su manto oscuro de tinieblas, las horas se convirtieron en un mar de mentiras gigantescas, en el que navegaba el hambre aullando sin encontrar alimento.

Entonces, en medio de esta confusión, entre tropezón y tropezón, regresé a mi casa con la indiferencia de un zombi, había caminado todo el día, de oriente a occidente, sin encontrar un mendrugo para alimentar a mi esposa y a mi hijo, nacido en el lecho de la desgracia, amamantándose en unos pechos maternos flácidos y secos.

Yo llevaba la mente conteniendo una tormenta de pensamientos, avancé cogido de las paredes, mientras una neblina fría empezó a cubrir el cielo, y la luna se arropó con ella, cubriéndose los ojos para no ver el atropello de mi pueblo, entonces, de mi garganta seca empezó a brotar un suave lamento, que fue creciendo como un río en invierno, desbordándose en un desgarrador grito que acompañó el aullido del esqueleto de un perro negro y los dos reclamamos al cielo en una sola voz.

Como decía mi abuela “el hambre es mala consejera”, esa noche alimenté a mi familia con un caldo de huesos y mi hijo volvió a recordar el sabor de la leche materna, y antes de que se perdiera la última estrella en el firmamento, empacamos nuestras pocas pertenencias, en un cuero negro parchado de desechos de alimentos, y los tres emprendimos en la madrugada la huida, de la desgracia que vivíamos en el paraíso de otras épocas, íbamos acompañados por el fantasma de un perro negro, que agradecido lamía mis pies cansados en las noches, después de las interminables caminatas por carreteras y caminos de los pueblos, fueron tantos, que ya se me perdió la cuenta.

Huíamos en medio de una peregrinación de desconocidos con el mismo problema, la caravana de desplazados, exiliados y emigrantes, se convirtió en una multitud antes de llegar a la frontera, cada paso que avanzábamos, acercándonos a la nueva tierra, respirábamos un aire limpio y diferente, porque el nuestro lo contaminaron el abuso, la inseguridad y la tiranía que cultivamos abonándola con nuestra inconciencia.

Como decía mi abuela “¡elige cuervos y te sacarán los ojos!”.

Hoy nos merecemos el destino que labramos por no pensar a tiempo, el camino se hacía interminable, después de una recta seguía una curva y otra y otra, como si fueran eslabones de una eterna cadena, todos avanzábamos en silencio rumiando los mismos pensamientos, el pasado de opulencia se había quedado lejos, como si hubiera sido un sueño del ayer, solo quedó la amarga experiencia, y el presente se reducía a alejarnos, a como diera lugar, de la pesadilla que estábamos sufriendo, las horas se reducían a la búsqueda de la comida del día a día, o de el prado donde dormiríamos bajo cualquier árbol a la orilla de la carretera, arrullados por la música cantarina del agua de un riachuelo saltando de piedra en piedra, mientras el fantasma del perro negro lamía mis pies y las ampollas que ya habían aflorado una sobre otra.

Todo sería preferible, antes que entregarle un futuro a mi hijo, lleno de incertidumbres, en un lugar donde la dignidad de un pueblo, la mató y enterró la dictadura de un ignorante y arrogante cualquiera.