La ignorancia es atrevida – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

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Fabio José SaavedraCorría el segundo año de la pandemia y desde hacía unos días con sus noches, la vieja casona se había cubierto de una atmósfera pesada y triste, se sentía como si un fantasma helado vagara por los corredores y los rincones más oscuros de las habitaciones, a esa hora de la noche permanecían encendidas únicamente las luces de la alcoba principal, en la que dormitaba en una larga agonía, el abuelo Tybaxa.

Al final del largo corredor, la lámpara de la cocina despedía una luz amarillenta, que se escapaba a través de la puerta abierta, proyectándose hasta el jardín interior, donde se perdía entre los geranios y azucenas. En el aire flotaba un silencio que descomponía el ánimo, produciendo una sensación inquietante, como cuando uno camina por entre las tumbas en un cementerio, de vez en cuando el viento se colaba por debajo de las puertas, emitiendo un silbido parecido a un lamento afligido que erizaba la piel, la luna permanecía escondida entre las nubes negras que cubrían el cielo, enmarcadas por una tenue pincelada, esbozada por los reflejos de una noche triste.

A esa hora, por centésima vez se vio deambular la figura de la anciana Illari, yendo y viniendo de la cocina al cuarto del enfermo, esta vez portaba una bandeja con pañitos de algodón, toallas húmedas y un termo con agua caliente. El paso de los años se reflejaba en su espalda encorvada y el siseo producido al arrastrar sus pasos. Cuando ella se acercaba al lecho del enfermo, se escuchaban voces perdidas en leves susurros, mientras que en el corredor se observaban, entre la penumbra, las siluetas de dos hombres recargados contra las columnas, que dejaban volar sus pensamientos en las volutas de humo del cigarrillo.

De pronto, el tenso silencio fue interrumpido por los golpes del aldabón, que caía repetidas veces sobre la gruesa madera del portón principal, despertando al gato negro que encogido sobre su cuerpo, dormía sobre el caballete en el tejado del frente, entonces pasó raudo como una centella, lanzando al aire maullidos, como si el diablo lo hubiera herido, llevaba la cola apuntando al cielo y erizado hasta el último pelo, en ese momento, Illari recortó nuevamente su silueta en la puerta de la cocina, iba con la cabeza cubierta por una mantellina, y como siempre, arrastrando los pies cansados, avanzó por el corredor hasta perderse en el largo zaguán, que conducía hasta el portón principal, luego de confirmar por el visillo la identidad del visitante, abrió dándole paso al médico del pueblo, quien sin detenerse y seguido de cerca por la anciana preguntó:

— ¿Cómo sigue don Tybaxa?

—Doctor, creo que esta vez sí es definitivo, casi no puede respirar —respondió Illari.

Cuando el médico entró a la habitación, observó al anciano recostado sobre las almohadas, lucía más exhausto que de costumbre, la piel del rostro apergaminada, casi transparente, se perdía entre la luz difusa de la lámpara y la inmaculada blancura de las sábanas, el enfermo respondió el saludo del galeno, con un imperceptible gemido, entonces sucedió el sublime instante de la despedida, en el que la sombra de la muerte se vio correr por su rostro, como cerrando el telón al final de la comedia de su vida, mientras tanto, los fumadores intentaron encender otro cigarrillo, pero una brisa helada apagó la llama del fósforo. De entre las sombras, en la esquina más lejana del lecho fúnebre, emergió la silueta de un niño, que acercándose depositó un beso de despedida en la frente del abuelo Tybaxa, y apartándose permitió que el médico cerrara los párpados del difunto.

El pequeño Sayri, acariciando con ternura infantil la mano del abuelo, nuevamente le prometió cumplir su última voluntad, como él se lo había pedido en días anteriores. Tenía que viajar al Valle de Iraca, para entregarle a la primera autoridad de la población del sol un pequeño paquete, que iba alijado con mucho esmero y con su propio puño y letra el abuelo había escrito el origen y destino del valioso contenido, “tesoro centenario, donado por los descendientes directos del cacique Sugamuxi, para la biblioteca municipal de la ilustre ciudad del sol”, y a continuación había estampado su firma, Tybaxa Sugamuxi.

Después de las honras fúnebres, Sayri dejo transcurrir dos semanas y un lunes por la mañana, el niño fue anunciado por la amable secretaria de la alcaldía de la pintoresca población. El sonriente jefe, sin bajar las lustrosas botas del escritorio, ordenó:

—Dígale al indiecito que entre, a ver qué es lo que trae.

Su olfato de experimentado sabueso lo había vuelto desconfiado, por eso olió cuidadosamente el paquete y llamando a su fiel guardaespaldas, le ordenó pasarlo por los rayos X, prueba que fue superada, luego procedió a romper la envoltura, encontrando en su interior los tres libros más preciados de Tybaxa y su familia, un pequeño libro de la primera comunión que había pasado de padres a hijos en los últimos cuatro siglos, un libro que trataba de los primeros ensayos de José Celestino Mutis, y un ejemplar del Quijote publicado en 1605, en la Imprenta Real de España, el cual llevaba en su interior una nota manuscrita y rubricada por el recién fallecido abuelo, en ella contaba que el libro había pasado de generación en generación, desde cuando Don Juan de Castellanos, antes de morir en 1607, se lo regalara a Kutzo, Cacique de Mongüi.

El señor burgomaestre le daba vuelta y vuelta al libro en sus manos, hasta que le ordenó a la secretaria leer el primer párrafo, “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo, vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Una olla de algo más vaca que carnero”, en ese momento de la lectura, la primera autoridad monto en cólera y sentenció: casa de la cultura no hay, museo no hay, biblioteca no hay y su libro viejo del Quijote, parece ser el diario de un guerrillero, por eso comisiono al policía a que lo lleve y lo tire en los restos del rescoldo y las cenizas, que aún quedan del incendio del templo del sol Muisca, para que avive la llama que destruyó la historia de la cultura indígena  y que se le siga rindiendo homenaje a los soldados pirómanos, Miguel Sánchez Orellana y Juan Rodríguez Parra, mis ilustres antepasados, los que incineraron la historia cultural de un pueblo.

Después de firmar la sentencia, el burgomaestre le ordenó a la secretaria que buscará al Director de Cultura, para que refrendará también el documento con su firma.

Mientras tanto Sayri, con el corazón tranquilo por haber cumplido la última voluntad de su abuelo, viajaba de regreso a la vieja casona, sin imaginarse el desastroso final de las joyas literarias de su Nono, después dejarlas en manos de un supuesto cuidador del legado cultural y patrimonial de un pueblo.

Nota: significado de los nombres de los personajes en lengua Muisca, según La Gramática Muisca del Instituto Caro y Cuervo:

Tybaxa: rayo

Illari: amanecer

Sayri: príncipe, el que siempre da ayuda a quien la pide

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