Así fue el más reciente viaje hasta la histórica Laguna del Soldado, en la vereda Cómeza, de Socotá

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Este 29 de Julio, al comenzar la mañana, entre la espesa neblina, y vientos recalcitrantes, logramos llegar a este santuario de la libertad, este atrio del heroísmo y del patriotismo, donde muchos creyeran, que ni las águilas o los cóndores, se atreven.

Una vez más, autoridades, líderes y comunidad, recordaron el histórico episodio del paso del Ejército Libertador por el páramo de Pisba, por la Laguna del Soldado.
Una vez más, autoridades, líderes y comunidad, recordaron el histórico episodio del paso del Ejército Libertador por el páramo de Pisba, por la Laguna del Soldado. Foto: Archivo Particular

Precisamente llegamos para rendir tributo de veneración a aquellos soldados, hombres y mujeres que no soportaron las inclemencias de las gélidas cumbres de Pisba y Socotá y fueron cayendo, envueltos en un manto frío y yerto, como témpanos de hielo, que les sirvió de mortaja, y luego por orden de Bolívar fueron depositados en ese Pozo, que llamamos Laguna del Soldado.

Esta vez la travesía se realizó bajo el liderazgo del coronel Diego Fajardo, comandante de la Primera Brigada; del Alcalde de Socotá, William Correa; con el apoyo del Batallón de Alta Montaña José Santos Gutiérrez y su comandante el coronel Édgar Rodríguez; el sacerdote Víctor Alfonso Rincón; directivos de Parques Nacionales y Corpoboyacá e integrantes de la comunidad.

Entre el zumbido del viento, que azotaba nuestra humanidad, logramos colocar una corona de laureles y pronunciar nuestro respeto y admiración por esa sublime generación de héroes que ofrendaron sus vidas por darnos patria y libertad.

Gotas de rocío colmaron mis ojos que se desbordaron en lágrimas, las cuales se disimularon entre esas heladas briznas del páramo. La solemnidad del momento incitaba al silencio, ese silencio sepulcral, que no reclama ni gemidos, ni llantos, ni arengas, ni nada, porque es algo que ni la propia palabra logra explicar o medir: esa magnitud de aquel inmenso sacrificio.

Hubo instantes de silencios, profundos y graves, como si los lamentos de aquel ejército moribundo, se volvieran a escuchar, hoy después de más 200 años de olvido.

Sentí vergüenza ajena, a mí ese frio en el cuerpo me paralizó por momentos, y corrieron por mi mente las imágenes de sus rostros pálidos y famélicos, hasta el punto de prácticamente poder escuchar sus gritos de dolor, de angustia, de postración, ante ese enemigo mortal, que no precisamente era el ejército español, sino la naturaleza misma, en su propia majestad y grandeza.

Esas cumbres que fueron escenario de la Epopeya más grande en la historia de la humanidad, son testigos mudos, donde en el tiempo se congeló y paralizó su desarrollo y progreso. Hoy todavía no existe un medio digno y eficaz para que los lugareños lleven sus cosechas a los mercados más cercanos, no hay vías, ni puentes, y sus mujeres parturientas deben hacer inhumanas jornadas, que las obligan a parir en la vera del camino, como le sucediera a aquella “Juana Casanareña”, María Josefa Canelones, cuando se dio ese maravilloso alumbramiento de libertad, y al día siguiente iba delante de la tropa, con su hijito a cuestas, amarrado con su pañolón, ejemplo sin igual de valor, fortaleza de nuestras mujeres del ayer y del hoy, y del siempre mañana.

Desde mi humilde y modesta condición de ciudadano inerme, de ‘Patriota Boyacensista’, imploro a quienes poseen poder político – administrativo, al señor presidente de la República, Iván Duque Márquez, quien expresó al inicio de su Gobierno que el Bicentenario se prolongaría por todo su mandato, a la señora Vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, directora del Bicentenario, y que es, como nuestra hada madrina, quien ordenó la Declaratoria de Bien Cultural de la Nación a nuestro primer bastión victorioso, el reducto de Paya, para que se pueda implementar esta misma exaltación a lugares emblemáticos como la propia Laguna del Soldado, el Hospital de Sangre y Cuartel General de Tasco, los cuarteles generales de Corrales de Bonza, Tunja y Ventaquemada, o bastiones de libertad como Paipa, Tibasosa, Gámeza y Tópaga.

Y qué decir de santuarios de heroísmo como ‘La Ramada’, en Sogamoso y ‘La Chivatera’ de Corrales y Puente del río Pienta. Aún falta mucho por hacerse en este sentido para hacer “Justicia en la Historia” con estos lugares preponderantes de la Campaña Libertadora de 1819, en el acontecimiento más importante de nuestra civilización, realizada en gran parte en lugares de nuestro actual departamento de Boyacá.

Que además de los monumentos erigidos y las distinciones, estos pueblos, descendientes directos de los lugareños que hace más de 200 años fueron soporte fundamental para el triunfo de nuestro Glorioso Ejército Liberador, reciban, a manera de correspondencia, o recompensa, si es que así se pudiera llamar. Estos serían como ‘Los Monumentos de Conciencia’, que si ayudarían a sacar a sus moradores de esa hibernación, de ese olvido bicentenario.

Boyacá, Tierra Madre de La Libertad de América.

Atrio del Heroísmo. Pedestal de Patriotismo.

*Por: Maestro Eduardo Malagón Bravo
Patriota Boyacensista

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