Homenaje al Enviado Especial – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

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Homenaje al Enviado Especial - Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días 1Germán, con su ímpetu adolescente, avanzó por el sendero que bordeaba el cauce del río Neusa, el paisaje se abría por entre los riscos, desde el páramo hasta el extenso valle de Zipaquirá, la pendiente se hacía cada vez más pronunciada y el agua del río se complacía corriendo por entre las piedras, formando de vez en cuando, pequeñas cascadas y remansos que invitaban a probar suerte con el anzuelo.

Él disfrutaba la musicalidad del agua como un homenaje de la vida a la vida, inesperadamente, la pendiente se detenía y el camino desembocaba en un pequeño llano, surcado por el río, que formaba largos meandros que convidaban a disfrutar la paz del lugar.

El caminante buscó una piedra en la orilla y acomodándose en ella descalzó sus pies, sumergiéndolos en el agua para sentir su caricia, emocionado disfrutó la soledad del lugar, dejando que su mirada se deleitará con su belleza, se detuvo observando la otra orilla del río, en la que se extendía una franja de pastizales verdes, que iba a esconderse a pocos metros, por debajo de un bosque, notando también que por detrás de este se levantaba un risco imponente.

En ese momento pensó, que si lograba mirar la campiña desde la otra orilla, esta se vería totalmente diferente, y sin pensarlo dos veces, se arremangó el pantalón y vadeando la corriente alcanzó su cometido. Una vez en la otra ribera del río, se tendió sobre el prado cuan largo era y con su morral de cabecera, se dedicó a disfrutar la nueva vista, que estaba matizada por chusques con sus largas cañas arqueadas, como queriendo proteger los helechos awuacos del frío de la noche y las heladas de la madrugada.

Por debajo de ellos se veía una alfombra de anturios silvestres, florecidos en colores blancos y rojos, como el jardín de su casa paterna, los rayos dorados del sol se filtraban por entre las hojas, el viento jugaba con ellos, como en una danza de velos, impregnando el ambiente con el espíritu de una fábula, mientras tanto el agua descansaba en brazos de los remansos, para luego continuar su eterno peregrinaje.

Germán se dejó llevar por la invitación de las circunstancias, perdiéndose con sus pensamientos en ese raro mundo de los sueños, en el que todo es posible para un poeta, donde una mente creativa juega con el vaivén de todo y de nada, sin detenerse.

Frecuentemente le sucedía, que sin darse cuenta entraba a esos espacios reservados a algunos privilegiados, que tienen el raro poder de perderse de la realidad y soñar despiertos. Así estuvo varias horas, hasta que la noche fresca de ese enero lo encontró recostado sobre el césped, acompañado por la melodía del agua interpretada bajo la bóveda celeste,  la magia maravillosa de la noche, el cielo estaba cubierto por las estrellas que acompañaban la luna llena, reflejándose en la infinidad de gotas que retozaban cuando el agua se golpeaba contra las rocas, el concierto del croar de las ranas se hacía cada vez más intenso, a medida que avanzaba la noche, haciendo que la soledad no se percibiera, de vez en cuando el ulular de las lechuzas, buscando a sus parejas, armonizaba con el recital de sonidos.

Entonces, el escritor pensó que cuando tenía estos momentos de comunión con la naturaleza, sentía fluir la vida entre ellos, también advirtió, que a pesar de estar en el mismo lugar todo se percibía diferente, las sombras de la noche, la luz de la luna llena, los perfiles de las copas de los árboles movidas por el viento, y pensó que estaba viendo otra orilla de la naturaleza, allí encontró respuesta a sus miedos, a la soledad, al silencio y al imperceptible paso del tiempo.

A esa hora volvió a sentir el frío nocturno, cuando se calzó las botas retomando el camino de regreso, y parado en un barranco, admiró la belleza del valle de Zipaquirá, viéndolo como un inmenso pesebre, las luces del pueblo destellaban al pie de la montaña, rindiendo un homenaje al Dios de la cordillera, en la distancia veía los focos encendidos de los carros surcando la carretera, y se dio cuenta que la vida y la sociedad de consumo no detenían su agite en la noche.

A medida que el escritor descendía, se sentía acompañado por los fantasmas de la oscuridad, y su mirada se detuvo en los reflejos de la catedral de sal, sin campanas que tañeran en la mañana invitando a la misa, sin torres queriendo alcanzar el cielo, un templo invertido buscando un camino en las entrañas de la tierra, una mina legendaria guardando secretos enterrados en el tiempo, de trabajo, sudor y vidas anónimas, regadas con lágrimas de viudas y huérfanos.

El impetuoso adolescente se durmió esa madrugada, pensando que era deber del escritor, construir su obra conociendo todas las orillas del paisaje, soñó que su vida sería un viaje permanente por las entrañas de su sociedad  enferma, para conocer el origen de sus amarguras y encontrar el bálsamo para aliviarlas, en su sueño viajó por las dos costas, las llanuras, los Santanderes, Boyacá y hasta el Amazonas, conociendo en primera línea el origen de sus dolores, escarbando en las conciencias hasta sus más recónditos secretos, recorrió calles de ciudades, pueblos y veredas, hasta que voló a conocer todas las orillas del planeta, y un día de julio del segundo año de la pandemia, volvió a calzarse las botas y voló como enviado especial a conocer las orillas y secretos del cielo.

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