Bondad y domicilios – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

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Bondad y domicilios - Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días 1Plinio enrumbó a la izquierda la dirección de su motocicleta, en un acto reflejo que lo llevaría por el callejón hasta el antejardín de su vivienda, el potente cono de luz amarillenta se extendió hasta perderse en la oscuridad de la noche entre la arboleda del fondo, solo lo separaban de su destino unos cuantos metros.

La pesada puerta de hierro forjado que daba acceso al jardín permanecía abierta, sin detenerse siguió por la huella de gravilla que permitía el acceso a un cobertizo, ubicado en ese costado de la rústica casa, que también hacía las veces de garaje taller, después de estacionar el vehículo y adelantar los protocolos de seguridad, el hombre acarició el sillín en un gesto de agradecimiento a la máquina, por la fiel compañía en las penas y alegrías de su labor diaria.

Luego procedió a extraer de los bolsillos del pantalón el producido del día y desinfectó billete tras billete, recordando en cada uno su historia. Había recibido agradecimientos, sonrisas y hasta algunos malos tratos, cada billete quedó extendido sobre el mesón, mientras tanto Plinio se dirigió al fondo del taller, buscando la ducha y el consuelo del agua, la que en efecto se fue llevando poco a poco su sudor y cansancio por la rejilla del sifón.

Al mismo tiempo que le ayudó a despejar sus pensamientos, prisioneros durante toda la jornada en la celda obligada de los cuidados propios y ajenos, manifestados en el ambiente receloso del confinamiento, recibiendo problemas y entregando soluciones o atendiendo sugerencias de mentes locas,  llevando y trayendo mensajes entre líneas ocultas, que alimentarán a la distancia secretas quimeras de amantes ansiosos, herencia de una cultura siempre insatisfecha, acostumbrada a crecer en el doble juego, esperando el mañana, cuando puedan arrodillarse ante un confesionario, donde le sean lavadas las culpas y sobre el borrón abrir una nueva cuenta.

Así, perdido en la caricia del agua, Plinio sintió que su mente se liberaba y sus nervios se tranquilizaban, relajando los músculos cargados de adrenalina, producida por el temor a un virus que nadie conoce, entonces volvió a sentir su cuerpo distendido y el ánimo dispuesto a buscar el merecido descanso, se dirigió a su habitación y detuvo sus pasos frente a los billetes extendidos sobre la mesa, recordando en cada uno su historia, escrita con la angustia expresada en la mirada, o en las voces ocultas tras un tapabocas, y recordó los viejos billetes de mil, que le entregaba a diario el anciano de la silla de ruedas, que ferviente encomendaba su primera necesidad de creyente, para encender en el altar de la iglesia una veladora a diario, en sus ojos había una sonrisa bondadosa, como si fuera una oración que se elevará al cielo.

Plinio dirigió su mirada al billete siguiente y leyó en él una nueva historia, debía conseguir unos limones para sus dueños, seguro para duplicar la amargura que brotaba en las muecas hoscas de sus rostros, allí normalmente por la puerta entre abierta, emergía un rugido de fiera rabiosa, mientras una mano larga de dedos huesudos recibía las frutas, cerrando a continuación la puerta metálica con la punta de las botas.

Luego siguió leyendo la próxima historia, venía acompañada de un perfume celestial como de nardos y rosas frescas, el que su dueña dejaba impregnado en el dinero, sus manos eran gráciles, una mujer de atributos exuberantes, los exhibía sin ningún recato, su pecho se debatía como una tormenta en el océano de sus pasiones, elevándose en dos enormes olas que amenazaban con desbordarse sobre la playa de un profundo escote, seguro se sentía orgullosa, siempre sonreía y su voz suave e incitadora era capaz de acariciar hasta a las espinas de una rosa, con ese valor devaluado de los sentidos, cuando se ha perdido el calorcillo del alma y el espíritu, donde el paso se vuelve errático, como el vuelo de una mariposa nocturna.

Plinio siguió deambulando en el sendero de la memoria y trajo remembranzas de algunos que lo llegaron a llamar con el paso del tiempo, “vendedor de sonrisas y repartidor de alegrías”,  siempre de puerta en puerta, llevando el medicamento apropiado, envuelto en el riesgo de la calle y navegando expuesto a la tempestad del virus que puede contagiar a la vuelta de cualquier esquina, así, todas las noches entraba al mundo acorazado del amor de su familia, satisfecho por haber servido y feliz por haber luchado a brazo partido por los suyos, se sentía abrazado por la humanidad consciente, la que rema unida en la difícil travesía, aportando un granito de arena, para que tal vez las aguas turbulentas amainaran su furia y permitieran un día atracar en un puerto seguro.

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