Las críticas a la felicidad – Carlos David Martínez Ramírez #ColumnistaInvitado

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Las críticas a la felicidad - Carlos David Martínez Ramírez #ColumnistaInvitado 1Hay diferencias entre el optimismo realista que puede motivar a las personas a esforzarse a pesar de las dificultades, y el optimismo ingenuo que puede hacernos ciegos a la realidad.

Para algunos, los discursos que promueven la felicidad corren el riesgo de llevar a las personas a la indiferencia frente al dolor de otros. En el fondo, se puede analizar si la felicidad se trata de una cuestión pública o privada.

La literatura sugiere que en oriente hay valores que promueven el éxito grupal o colectivo, mientras en occidente se privilegia el triunfo individual. El economista Amartya Sen plantea que para la mayoría de los occidentales la felicidad consiste en la acumulación de bienes materiales, mientras que para algunos orientales y para las comunidades que dependen de los bosques el bienestar se asocia con la garantía de que las comunidades no padecerán por carencias ni por necesidades básicas insatisfechas.

La realidad es compleja, no podría reducirse todo a decir que debemos aprender a ser como los orientales. Hannah Arendt analiza en el contexto histórico de las revoluciones francesa y estadounidense, la transición de la comprensión de la libertad como una cuestión ligada a la felicidad pública y para las mayorías, a el entendimiento de la felicidad como un asunto esencialmente individual y privado.

La escritora Barbara Ehrenreich, en su libro Sonríe o muere, la trampa del pensamiento positivo, plantea que ser positivo no tiene que ver tanto con un estado anímico sino que este imperativo se puede asociar con una construcción ideológica. En este escenario también se critica con ahínco todo el mercado alrededor de los libros, las conferencias y las técnicas que se venden masivamente para alcanzar la felicidad.

De acuerdo con Ehrenreich, en la década de 1980 se da un crecimiento de iniciativas que apuestan por un capitalismo financiero, de manera que muchas empresas pierden interés en el compromiso con la sociedad, ya no interesa tanto producir más bienes sino beneficiar a los accionistas. En este escenario se abre un escenario de desempleo y caos, en el cual en lugar de buscar cambios profundos en la sociedad se promueve el pensamiento positivo como una suerte de cosmovisión que genera una sensación de control.

Esta bien ser resilientes, pero esto no se puede convertir en una excusa para que el Estado no garantice los elementos mínimos vitales que debe garantizar. La felicidad ayuda a mejorar el sistema inmunológico, pero no se debe culpar a los enfermos que no se curan acusándolos de que les falta optimismo. El optimismo facilita la interacción social, pero no se puede estigmatizar a las personas desempleadas por cuestiones estructurales, ni acusarlas porque no sonríen.

La felicidad no es una estación a la que se llega sino una forma de recorrer un camino. Pero esto no quiere decir que podamos ser indiferentes al sufrimiento de otros con la excusa de alcanzar la felicidad propia. Es posible construir un camino para todos, en el cual el tránsito hacia la felicidad sea más fácil para muchos y no sólo para unos cuantos privilegiados.

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