La Niña Azul Cielo – Amparo Fortaleché Triana – #DomingosDeCuentoYPoesía

LA NIÑA AZUL CIELO

Aunque hace ya tiempo de aquél día, desfila en mi memoria, una y otra vez, esa niña de dos años, la niña que solo puede verse a sí misma solitaria, corriendo y tropezando, siempre tropezando con las cosas, con la vida. Aquel diminuto cuerpo levantado a punta de azotes en sus nalgas desnudas porque ha hecho algo indebido, como llover en su ropa interior, en cualquier clima, en todas partes. Hace pasar siempre vergüenzas a su madre y a su hermana; en ese día especial en el que Gustavo, el pretendiente de Lucy, sentado en el único y viejo taburete de cuero, recostado en la columna de arrayán, presenció la caída y dejó al descubierto sus partes impúdicas.

El espectáculo aún hace sonrojar en el recuerdo a la madre y a la hermana. Gustavo, era experto en arrancar la cabeza del basto en las fiestas del Chafarote en el pueblo.  En el único parque frente a la iglesia, seis gallos atados de las dos patas penden de una cuerda atravesada en medio de la carretera destapada, seis gallos bastos y vivos. Seis manos en filas, la mano más rápida de seis hombres que montan a caballo. El primero que salte sobre la cabeza del gallo y llegué a la meta con ella en la mano, la camisa bañada por la sangre del padrón se quedará con el gallo y ganará la carrera más una doncella como su caballo: Pura sangre y con el basto animal prepara su sancocho nupcial.

En ese momento, Gustavo aún tenía los dedos completos de la mano derecha y no había cortado la mano izquierda de su rival. Su voz y su risa hacían estremecer hasta los cipreses e incluso a mi hermana: tan autoritaria, tan segura de su belleza, implacable ante la tentación, entregada a la vida piadosa. Y la niña: tan inválida de miedo, tan ávida de crecer, crecer con ese dolor y soledad en su pequeño pecho; tan perdida en ese inmenso mundo, tan pálida, tan delgada, tan sin esperanza, con una vergüenza calándole los huesos que corta su respirar. Huye de todos, de sí misma, se esconde como una ratita en un rincón cuando presiente los pasos gigantes que se acercan, conteniendo el aliento en la oscuridad para no ser vista, para sentirse a salvo en su vestido azul cielo, heredado de su única hermana.

La modista del pueblo doña Adelaida en su vieja Singer, lo ha modificado. Ella aprendió a fuerza de necesidad desbaratando, cortando, diseñando y rearmando los vestidos. Algunas veces torcidos, otras grandes como costales, zurcidos para sus tres hijas y ella.

La niña  en su vestido azul cielo con su rostro mustio en medio de dos trenzas, cada sábado muy temprano camina sola  a casa  con sus siete años a cuestas y sus medias rosa, sus zapatos de lona floridos, con su miedo de niña rumbo al fundo  de sus padres. Llora porque es perseguida por un hombre enorme con ese mirar que la aterroriza, con esos gestos que su cerebro en pleno desarrollo ha olvidado pero que aún hoy, el miedo en sus venas le hiela la sangre, el pecho hinchado de dolor, la angustia la cubre, la posee, le consume su energía de niña, de adolescente, de mujer, casi sin respirar, para no ser olfateada, para ponerse a salvo de esos gestos, de estar en la mira. Su cerebro ha olvidado tantas imágenes que su hígado revive y revuelve en la hiel de los días. El miedo es su alimento diario, la bloquea, vienen los gritos entre pesadillas, las convulsiones, la fiebre. La señora de verde mirar, la ha encontrado en la cuneta desmayada, con la ropa sucia, ensangrentada, su cuello amoratado. Ella, en su vestido azul cielo, su cuerpo rasgado, su piel de niña. La niña, vuelve en “Si llorando y en No”, en el silencio.

Maritza, la amiga de la madre de la niña, se apea del caballo, la sube al anca del animal amarrándola de la cintura a la silla para que no se caiga, monta el caballo, con una mano la rienda y con la otra sostiene la niña y así la lleva hasta el fundo de Cantagallo.

¿Qué pasó? Pregunta la madre con el corazón en la mano, ella, la amiga de verde mirar, le cuenta lo que sabe. La niña no habla, no llora, se le han escondido de su pecho las lágrimas, se ha ido en su pensamiento tanteando a ciegas a otro mundo, a su mundo, al de los árboles, al de las cucarachas, al de los grillos y los pechiamarillos; al mundo de los árboles al que está anudada, solo en sus colores se siente a salvo, sus pies descalzos aferrados al musgo tibio de la escritura de la tierra de la que está hecha.

Allí, en ese mundo en el de las letras es una niña reidora, lee bajo la mesa cuadrada oculta en el mantel florecido de cuadros que cubre el comedor de tablas, escribe para reinventarse un mundo en donde pueda sentirse segura; solo  allí en su imaginación puede ser libre y volar, pero ahora ella no inventa, ni canta sus propias canciones, no imagina, rompe, se hace daño, habla en monosílabos, sonríe de miedo, de soledad, la tristeza asalta su corazón, la desesperación es su guía. No sabe, no ha aprendido a defenderse a sí misma, ni de sí misma, deambula por las calles solitarias, se desgarra en su silencio,

!No más! grita en el silencio, la niña. La cabeza en la tierra húmeda de sus lágrimas, implora por una mano con un arma letal, va al encuentro de un auto veloz sin frenos que aplaste su desdicha.  De rodillas y con la cabeza en la tierra, impaciente implora al cielo que corte de golpe el dolor de vivir, de nuevo el silencio la posee en medio de esa búsqueda, ella, la niña se une a los débiles, a los ancianos, a los campesinos, a los pobres, a los vencidos, habla con los que habitan en la total indigencia, es allí donde se siente parte, en la inmensidad de la pobreza, en la derrota que la llama.

A la niña reidora, se le ha puesto el cabello blanco y muerto la pupila en la ancianidad de los días, en la miseria que la cubre. Imposible volver a esa niña, verla correr invadida de ceibas, de arroyos, de pelícanos,  ya no se funde en los colores anaranjados del ocaso, ya no sueña con la mar,  ya no se mira en la lente que tanto la hacía reír y sonrojar, con sus medias rosa y zapatos negros  de charol,  su vestido rojo de arandelas, el pelo revuelto por el viento y la tierra, el pañuelo ensangrentado al borde de su mejilla izquierda, ella pegada al calor de su madre con su blusa azul oscuro de geometrías fucsiamarillas y su pantalón amarillo en terlenka, Muy unidas las dos a través del telescopio rojo.

Su  única visita al hospital por una extracción molar, la única foto de su niñez, esa niñez tan corta, navegando sin vela a tantos nudos de la playa,  pero el tiempo no puede retrocederse para ser ella en esa imagen, para permanecer en el cuadro vivo de la felicidad. Ella, la niña, recuerda hoy el día en que tomaron la chiva hasta Tucandira al salir del hospital. Su madre le compró una helado de crema de maní y chocolate para calmar el dolor. Al hospital del pueblo desde hace meses no llegaba la anestesia, luego vino el fotógrafo de la iglesia y pausó aquel instante  que ella tatuó en su recuerdo como un honor a su valor. El telescopio fue la elección de su madre entre pagar o no el pasaje para devolverse hasta el fundo de Cantagallo, don Víctor el dueño de la chiva les fio el pasaje de regreso al Hormigón  hasta la cosecha próxima.

Ese mismo día la tía Lilian, le entregó dos vestidos que había confeccionado para ella, un regalo por aprender a leer antes de matricularse en la escuela. Uno negro de pepitas blancas, y el otro azul cielo, los dos diseñados con telas e hilos nuevos en su día de cumpleaños. Como hubiese querido no apartarse de su madre como en esa imagen, volver a esa niña y montar a caballo sobre un costal, cogida de la crin y sentir como se le iba y volvía la vida en el tropel, temblaba y reía, y luego ayudar a encerrar el ganado del Fondo del Gobierno que tenía su padre a cargo, apartar los terneros, amarrarlos y encerrarlos para que no mamen y ordeñar al otro día muy temprano. Sus pequeños dedos dorados sobre la hinchada ubre, apretar y apretar cuatro tetas, cuatro hilos de algodón caen en el balde verde que sostiene su padre. Con risas celebraban los dos aquella hazaña, su padre, su ídolo, su orgullo, ella su niña, sus ojos.

La madre la baja del caballo, la toma en sus brazos, llora, grita, maldice, se pregunta con las manos en la garganta ¿Por qué? se arrodilla, implora. Va, hasta la niña que está sentada y ausente, la limpia con un paño blanco y tibio, cambia sus ropas, le da leche caliente con poleo y hierbabuena. La acuesta en la estera, la arropa y cuida su sueño. Ahora ella está ausente también. El dinero no alcanza para tomar la chiva que la lleva al hospital de Tucandira y menos para una consulta médica. No hay cosecha próxima, la roya acabó con el café. Los vientos y la sequía arrasaron el maizal. La madre cuida todo el tiempo de la niña, le prepara caldos con palomos pichones, coloca barro en su frente para bajar la fiebre, la impregna de pies a cabeza con sábila, le prepara un baño con las 7 hierbas amargas y las 7 dulces.  A diario y con una toalla baña en el lecho a la niña. Le insiste muchas veces en el día como si fuese una gatita. Con una cuchara acerca la leche a los labios de la niña, ella recibe sin decir nada, no la mira, no habla, no duerme, sus ojos abiertos parecen no ver, la recuesta en la cama, la envuelve en una sábana húmeda porque la fiebre no cede, la peina, le hace masajes en los brazos, en los pies fríos, enciende una vela, las manos en el pecho, la madre ora de rodillas…


AMPARO FORTALECHÉ TRIANA, Nació en la tierra de José Eustasio Rivera, hija adoptiva de Paipa- Boyacá. Ha realizado estudios de Ingeniería Industrial, Antropología de la Narrativa Audiovisual, especialista en Derechos Humanos, escritora, periodista invitada Hay Festival Cartagena de Indias 2021 y al Hay Festival Querétaro 2021. Editora y directora de documentales. Consagrada por el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad de Stanford (USA) por su trabajo en defensa y activismo de los derechos de los niños, la mujer y el medio ambiente con su obra Magdalena quiere memoria, La mujer Flotante, Aguacates con chile, una Saga resultado del trabajo etnográfico y de campo en Colombia e investigativo en oriente y occidente #Derecho a la Historia

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