El primer beso de Tere – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Compartir:

El primer beso de Tere - Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días 1En medio del bullicio del pueblo minero y agrícola por excelencia, las personas corrían por todos lados como abejas en un panal, el tiempo no alcanzaba, todos tenían prisa para llegar a sus destinos, como si un raro virus los obligará a vivir acelerados, incluso los enamorados no le daban tiempo al tiempo y querían respuestas inmediatas, la paciencia ni la espera habían sido invitadas a este pueblo.

Hacía unos días había conocido al hijo de un amigo de mi padre, y mientras los viejos compadres compartían unas cervezas y disfrutaban canciones viejas, acompañados de una guitarra, el atlético muchachón no desaprovechaba momento para adularme con sus halagos, los que dentro de mí subían mi autoestima a un pedestal de reina, pero a pesar de hacerme sentir bien yo respondía con altiva indiferencia de mujer delicada, digna y ofendida por sus atrevimientos.

Pasados unos días, observé que él no perdía oportunidad para abordarme en la calle, y así fue demoliendo la muralla que yo había interpuesto, poco a poco su constancia la fue derribando, hasta que en septiembre de ese año de nuestro señor Jesucristo, según él, el mes del amor y la amistad, no lo podíamos dejar pasar sin hacernos novios.

Esa noche oscura regresaba de comprar el pan, cuando intempestivamente en la esquina salió a mi paso y pidió ser atendido un momento, sin preámbulo ni delicadeza, aceleradamente, como todo en este pueblo, y mirándome de frente bajo la luz de la lámpara en el poste de la esquina, solicitó que yo fuera su novia, yo seguí rumbo a la casa y él me seguía de cerca insistiendo en su demanda, ya entrando en el portón de la casa, le dije que en una semana tendría mi respuesta y cerré la puerta, recuerdo que lo vi tomarse la cabeza con las dos manos, y bajar dando saltos por el centro de la calle que va a la iglesia.

Dicho y hecho, a los ocho días estaba esperando a la luz del poste a la misma hora, manifestándose ansioso por la respuesta, y sin darle oportunidad de reaccionar le dije ¡SÍ! Y le repetí la faena, cerrando la puerta y perdiéndome por el corredor de la casa.

Al otro día temprano, me hizo llegar una nota amorosa que conmovió mi vida, pidiéndome una cita en la iglesia del pueblo esa tarde, y allí, entre monosílabos y rezos empezamos a vivir nuestro naciente romance. Desde entonces, todas las noches, estaba ahí parado como hermano gemelo del poste, y con angustia y ansiedad reclamaba un beso, hasta que una noche de ese mes de septiembre, sin aceptar ninguna protesta, y porque a mí ya se me había acabado la resistencia, en el portón de la casa perdí la conciencia, cuando entre sus brazos compartí el más hermoso beso en la historia de ese pueblo, que todavía sigue viviendo a las carreras.

Compartir: