El Dilema de Cándida – Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

Esa fría tarde de invierno, Cándida subía lentamente por la inclinada calle que limitaba con el antiguo cementerio del pueblo, el camposanto estaba rodeado por una pared artesanal, construida en tapia pisada por los monjes franciscanos, durante la segunda mitad del siglo XVIII.

Por encima de la pared se alcanzaba a divisar la torre de la capilla de velación y el techo del lúgubre lugar donde el médico legista realizaba las necropsias, también se observaban algunas cruces talladas en piedra, acomodadas sobre los panteones y mausoleos de las familias adineradas. Alguna vez le había oído decir a la abuela, que allí se encontraban las tumbas en donde descansaban los antepasados de la familia.

La joven mujer llegó a la parte más alta de la calle, donde se encontraba la entrada principal del cementerio, constituida por dos enormes puertas en hierro forjado con figuras propias de las creencias religiosas, ancladas sobre las dos columnas laterales y con un arco construido en hormigón que descansaba en su parte superior, exhibiendo en la cara externa una inscripción proverbial alusiva al lugar, “Aquí terminan las vanidades del mundo”.

Ella lucía fatigada por el esfuerzo hecho para coronar la larga pendiente, su respiración parecía el viejo fuelle con el que se avivaba el fuego, en la hornilla de la forja del herrero, mientras recuperaba el aliento leyó por enésima vez la lapidaria frase, y pensó que esas palabras para despedirse de la vida, eran más bien una clara invitación a los vivos, a disfrutar los placeres de la vanidad y los sentidos, mientras sus espíritus, mentes y cuerpos se lo permitieran.

Dejo volar su imaginación pensando en el cierre de la vida propuesto en la frase a la entrada del lugar, complementándola con “para los pobres”, porque los poderosos seguirían siempre extendiendo las vanidades terrenales, proporcionadas por la ostentación y el dinero, con lujosas tumbas en catafalcos de mármol y amortajados con la soberbia, para evitar reposar en el seno de la tierra, origen y fin de la existencia.

También recordó que su abuela le decía a veces “mijita, aproveche su cuarto de hora” y que su abuelo era más gráfico cuando le repetía, “las oportunidades son como los bellos atardeceres, hay que disfrutarlos, porque pueden volver pero nunca serán los mismos”, entonces pensó en sus treinta años de vida,  siempre ceñida a las reglas de la familia y la religión, en su sendero habían pasado muchos amaneceres y ocasos, los que había dejado pasar, pensando que ya llegaría el momento de su propia oportunidad.

Desde hacía algunos días estaba segura que este mundo estaba hecho para disfrutarlo sin excesos, además, el cura en los sermones de los domingos repetía sin parar, que el día de la despedida, ojalá nos cogiera confesados para partir derechito al cielo, donde eternamente nos dedicaríamos a disfrutar viendo al Creador, cosa que a Cándida le parecía muy aburrida, se imaginó con dos alas y sentada en una nube con las once mil vírgenes, que con ella sumarían once mil una, sin tener en qué ocupar el tiempo, ni tristezas o alegrías, con seguridad que el cielo era un sitio muy aburrido y el aburrimiento era uno de los peores tormentos del espíritu.

En ese momento, Silverio el sepulturero pasó por su lado, lo vio ensimismado como siempre, la mirada perdida en una realidad que solo él veía, caminaba sin prisa, como si fuera un hombre sin tiempo, sobre sus hombros llevaba las herramientas propias para abrir y tapar fosas, su imagen silenciosa, lúgubre y dispuesto a servir le trajo el recuerdo de Caronte el barquero estibando almas en la laguna Estigia.

Sumergida en sus cavilaciones, retomó el camino a casa, iba disfrutando del aire frío de la tarde como nunca, había recuperado el aliento y en su mente inquieta y creadora de joven escritora, empezó a tomar forma la idea, que no le gustaría irse a la eternidad a sentarse a mirar el infinito, sin tener derecho a un poco de frío o calor, así fuera solo sentir la caricia de la brisa trayéndole olores a buenas sensaciones, estaba convencida que la vida en el cielo era muy tediosa.

Esa noche Cándida soñó que Dante Alighieri y Virgilio habían llegado hasta el borde de su cama y tomándola de la mano la llevaron a vivir todos los hechos cantados en la Divina Comedia, figurando infierno, purgatorio y paraíso. Cuando despertó, seguía pensando que la inercia celestial no la seducía y temprano en la mañana decidió buscar a su confesor, a quien le abrió su corazón con toda la cascada de preocupaciones que la aquejaban, él la oyó en silencio y con el ojo clínico de un médico espiritual la diagnosticó como un paciente con síntomas propios de las enfermedades del alma.

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