Vanidad confinada – Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

Parsimoniosamente, Nicasio acomodó las almohadas contra la pared de la cabecera de la cama, de tal manera que pudo recargarse cómodamente y sin sentir el frío  acumulado en la superficie del muro durante la noche, luego con cuidado, halo las cobijas cubriéndose hasta el cuello, puso las manos por debajo de las tibias mantas y  carraspeo satisfecho.

Desde hacía doscientos ochenta y nueve días se habían confinado con su esposa y  a estas calendas, ya las actividades diarias se habían convertido en rutinas. Sintió la cercanía del cuerpo femenino y la respiración acompasada de un alma tranquila, percibió una inmensa paz irradiada en el hermoso rostro maduro de la compañera de su vida, en sus facciones conservaba la delicadeza y dulzura que lo habían enamorado, por unos momentos, lo invadió la ternura propia de la nobleza de los seres agradecidos y disfrutó los recuerdos que habían cimentado y construido el presente de sus vidas.

Inconscientemente se dejó llevar por la invitación que le hacía el paso del tiempo y la oportunidad del sublime sentimiento compartido durante años, como si dos vidas fueran una sola, y viéndola, abrió feliz el libro de su memoria y disfrutó el olor a primavera que la acompañaba siempre, su risa espontánea y juguetona, como el agua cristalina, que alegre bajaba de los páramos saltando por entre las piedras, los años habían pasado sin dejarle huella y su rostro seguía siendo candoroso como en las primeras épocas, siempre le había oído decir, «el rostro y la mirada son el reflejo del alma», en ese momento entendió el devoto entusiasmo de ella, por cultivar y cuidar  a diario el espíritu y el cuerpo.

Entonces, la campana del reloj de pared marcó las siete y Nicasio pensó que el día no detendría su ritmo, que ya era hora de cumplir su primera tarea, debía poner a hervir agua en la cafetera y exprimir el jugo de limón para tomarlo con el agua caliente y la vitamina C, así lo habían hecho desde el primer día para subir las defensas y protegerse del invisible enemigo.

Con el sigilo de un gato enamorado se escapó de entre las cobijas y subido en el carrusel de las rutinas se dirigió al baño, donde dio comienzo al indispensable cuidado personal, antes de iniciar los quehaceres del día, estando allí, vio una extraña imagen reflejada en el espejo, aguzó la vista para confirmar lo que veía, sorprendido confirmó que el espejo reflejaba la imagen de un desconocido, su primera reacción fue de rechazo a la realidad que tenía en frente, luego sonrió, cuando entendió la importancia del diario cuidado que acababa de admirar en el conservado y placentero rostro de su esposa, también comprendió, que el cuidado personal no solo es vanidad, que también es cosa de hombres, porque alimenta la autoestima cuando se consienten alma y cuerpo.

Además concluyó, que el mundo y el tiempo avanzan simultáneamente y que nosotros  debemos avanzar al mismo ritmo de ellos, de otra manera corremos el riesgo de quedarnos en el pasado. Ese día Nicasio se vio viejo en el espejo, el cabello largo y desordenado, como azotado por la ventisca del descuido, la tormenta de las preocupaciones guardadas durante el encierro habían cubierto su cabeza de nieve y la enmarañada barba reclamaba a gritos una mano amable que la cuidara, él vio que tenía su frente surcada de profundas huellas, dejadas por el año vacío del aislamiento, que estaba por concluir, recordó que su ropa no conocía plancha desde el día que habían cerrado las puertas de su casa y la había estado usando arrugada, tal cual se la devolvía la secadora.

Esa mañana miro su alma y la vio joven y sonriente, sin pliegues, igual al sólido e inexpugnable amor profesado por su pareja, entonces tomó la decisión de atacar de frente su desaliñado aspecto, y sin pedir consejo, tomó las tijeras y la máquina de afeitar y en poco tiempo la barba paso a la cesta de la basura, arregló la tupida maraña de su cabello, que al comienzo, se negaba a dejar pasar la peineta y después de sentir la frescura de una olorosa colonia en la piel recién rasurada, y dejando el año viejo incinerado y sus cenizas al viento, se abrazaron con su amada primavera para recibir el próspero y venturoso Año Nuevo, celebrando la vida y el amor que los seguiría acompañando para siempre.