Llano legendario – Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

El pequeño Estaurófilo todas las mañanas, se acercaba a los corrales para disfrutar las faenas de vaquería, subido en el palo más alto en el cercado de madera, allí permanecía a horcajadas como le había enseñado el abuelo, además, desde ese punto estratégico veía llegar la manada por el camino de la sabana, arriada por los vaqueros que entre cantos, silbidos y maldiciones, obligaban a las reses a entrar por el brete al corral, el desordenado coro de mugidos era la voz de protesta del ganado. Al niño le gustaba ver cuando algún becerro rebelde se desbarajustaba en loca carrera y uno de los vaqueros partía como centella a obligarlo a retornar al encierro.

Ese día, el sol mañanero acariciaba la piel curtida de los trabajadores, mientras la brisa que bajaba de las montañas alborotaba el cabello del pequeño, que se había quedado observando el horizonte, en el que se extendía plácida la cordillera, como si fuera una cadena de afiladas espinas queriendo arañar el cielo, de pronto, vio asomarse sobre las montañas una nube negra que poco a poco fue creciendo, mientras que en el corral la manada se movía inquieta, mugiendo cada vez más fuerte.

Saturia, la vieja cocinera presagió la tormenta, cuando pasó con el canasto lleno de yucas y plátanos para el almuerzo, gritando fuerte para que todos oyeran, “nube negra de la montaña, tormenta que no engaña” y sin detenerse, siguió rumbo  a sus quehaceres, no sin antes llamar al pequeño, —!Niño Filito, éntrese que va a caer un palo de agua de amo y señor mío!—. Ella hablaba igual a todos los llaneros, pegando la punta de la lengua a los dientes, como si no quisieran dejar salir las palabras de la boca.

A  cada momento el viento soplaba sobre la llanura con más fuerza, arrastrando cuanta rama y hoja seca encontraba en los potreros, desviando el vuelo de las bandadas de garzas que presurosas buscaban llegar a la seguridad del garcero. Los extensos pastizales se inclinaban, como rindiéndole tributo a la tempestad, convirtiendo la sabana en un espejismo de terciopelo, los truenos empezaron a retumbar en la distancia, los rayos caían como latigazos descargando la furia de los dioses, a pesar del día joven, el cielo empezó a oscurecerse, la lluvia no se hizo esperar y en la distancia se veía caer agua de la nube negra como si se hubiera roto una enorme vasija de barro, la tormenta se acercaba más y más a cada momento que pasaba.

Así sucedía siempre cuando llovía en el llano, las nubes se veían como si fueran el techo de la llanura y  el agua cayera de las tejas, formando una cortina de lluvia movida por el capricho de la tempestad, los árboles se convertían en figuras borrosas azotadas por la tormenta, en ese instante, el niño pensó, que su abuela debería leer también las tormentas, de la misma manera que le leía a sus hermanas, los mensajes ocultos en las figuras de las tazas de chocolate, después del desayuno.

Estaurófilo sintió las primeras gotas y corrió a protegerse en el  corredor de la casa, refugiando sus escasos siete años, acurrucado detrás de la baranda que limitaba con la llanura, desde allí siguió observando la tormenta por entre los resquicios de las tablas.

La vida en el llano siempre tiene un hálito de misterio, las lluvias misteriosamente llegan y misteriosamente desaparecen, con la magia poderosa de un conjuro de rezandero, así, en medio de noches oscuras, como boca de lobo, se van tejiendo infinitas leyendas, como la de El Carrao o el ánima de Santa Helena.

Tal como sucedió con la tormenta de nuestra historia, que llegó en la mañana, en medio del sol de diciembre, con el canto burlón del pájaro anunciando la furia del viento entre truenos y centellas, lloviendo como si se hubiera roto el cielo y de la misma forma que llegó se fue de un momento a otro, cuando Saturia atravesó en el patio, en pura tierra, dos machetes viejos y arrodillada rezó la oración para alejar las tormentas.

El pequeño Estaurófilo fue testigo de esto sin que ella se diera cuenta, vio como el sol volvió  a caer sobre la llanura, entonces el niño observó, a través de la baranda, las gotas de agua que colgaban del alambre donde extendían la ropa, parecían la vieja camándula de la abuela, poco a poco se fueron uniendo unas con otras, hasta caer por su propio peso a una zanja de aguas negras y allí perder su pureza.

El niño fijó su atención en las tres últimas gotas que se fueron uniendo con el paso del viento, al final convirtiéndose en una sola, sin darse cuenta que Saturia permanecía arrodillada en el suelo, que ella inesperadamente se puso de pie, retiró los machetes del conjuro y fue en búsqueda de Estaurófilo, de sus ojos negros como la noche, parecían brotar chispas, cuando lo increpó por mirar a su corta edad cosas de mayores, y tomándolo de la mano se dirigieron a la cocina, mientras la olleta del café hervía, Saturia empezó a enseñarle sus secretos a diario y año tras año, hasta que un día Filito a los 20 años, se convirtió en el más baquiano de  los rezanderos, su fama se extendió más allá del Orinoco, de todas partes lo buscaban, para rezar gusaneras, mordeduras de culebra, curar mal de amor y hasta para el vaho de muerto de los guámbitos.

Los borrachitos contaban, entre copa y copa, que lo habían visto volar sobre el cementerio en noches de luna llena y que no había veneno de culebra que le hiciera daño, por eso contaban que era más culebra que la culebra, y desde entonces, creció en la llanura la leyenda de un rezandero hijo de las tormentas.

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