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El abuelo lago (II) – Felipe Andrés Velasco Sáenz – #ColumnistaInvitado

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Dos años y medio atrás, me referí en este medio al abuelo lago de Tota, llamando la atención sobre el mal invisible que subyace a sus alarmas: la indiferencia social e institucional. Hoy, ante señales que se activan y desactivan por plomo en sus aguas, en medio de ese “campo minado” de dolencias, creo necesario retomar el tema, esta vez para escudriñar en sus causas.

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Si esa indiferencia tuviera forma, color y olor, sería fácil entender su repugnancia. Porque produce asco –o debiera producirlo–, la apatía humana frente al dolor de ver morir el abuelo lago. La insensibilidad frente a ello no es otra cosa que indicador de atrofia en alguno de nuestros sentidos y, especialmente, en el órgano al que asignamos el amor: el corazón.

Repasé hace poco un bello conversatorio de Jane Goodall titulado ‘Lecciones de vida de un espíritu indomable’ (de fácil ubicación en línea), y resulta muy pertinente aquí, una de sus reflexiones, cuando habló de la inteligencia animal, y llamó la atención sobre la inteligencia humana (que logra explorar Marte, pero al mismo tiempo parece incapaz de sanar la destrucción de su propio planeta):

“Tenemos intelecto, pero en realidad no somos tan inteligentes. Hemos perdido la sabiduría. (…) No pensamos en cómo nuestras decisiones afectarán a las generaciones futuras. Me parece que hay una desconexión entre este cerebro tan listo, y el amor y la compasión, el corazón humano. Y estoy convencida que solo podemos alcanzar nuestro potencial humano, cuando la cabeza y el corazón están en armonía” — Jane Goodall (2019).

No puedo estar más de acuerdo para explicar la indiferencia casi generalizada en la gestión del lago de Tota: la falta de armonía entre el cerebro y el amor.

¿Cómo entender que haya tanto conocimiento desarrollado, y múltiples evidencias de advertencia sobre los riesgos, en la comprensión de impactos y consecuencias sobre las prácticas productivas y administrativas en este territorio, y se sigan haciendo? O lo que es peor, se pretendan justificar, evadir y ocultar. Hay intelecto, hay ciencia, pero no hay sabiduría. No hay amor ni compasión por el territorio y sus múltiples huéspedes y beneficiarios, humanos y no-humanos.

Y aquí es preciso ahondar entre “me gustas” y “te amo”, reflexión asignada a Buda cuando fue preguntado sobre sus diferencias: “Cuando te gusta una flor, solo la arrancas. Pero cuando amas una flor, la cuidas y la riegas a diario”. Porque temo y percibo que, además de la desconexión entre intelecto y amor, muchos dicen amar el lago de Tota, cuando en realidad no pasa de un “me gustas”.

Recuperar esa armonía (y digo recuperar, pues de niños todos amamos y nos maravillamos con el mundo natural, pero esto va esfumándose con los años para casi todos), creo que implica estudio y práctica, para hablar con el ejemplo.

Debemos cuidar y regar a diario nuestras acciones, palabras y sentimientos, buscando contribuir en revertir la degradación del abuelo lago, sanarlo poco a poco, y asegurarnos de entregarlo a nuestros hijos mejor que ahora.

Boyacá Sie7e Días

Escrito por

Boyacá Sie7e Días

Publicado el 30 de noviembre de 2020 · 5:13 a. m.

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