Soltero en confinamiento – #Fabio José Saavedra – #Columnista7días

A esa hora de la noche, Eulogio cayó en un profundo sueño, perdiéndose por los senderos del mundo de los imposibles, donde todo es posible, inesperadamente, se encontró reviviendo los últimos momentos del año viejo pasado, vio pasar el tiempo imperturbable, acariciando el filo de la media noche, ansiando un destino más seguro para el tiempo por venir, en el memorable

momento, cuando las voces alborozadas se abrazan en un solo coro, despidiendo entre risas y lágrimas los últimos segundos del año, que paso seguido morará en las bodegas de la memoria histórica.

Allí se quedó, observando embelesado los rostros cubiertos por fantásticos antifaces y pensó que todos escondían tras la diminuta mascara su verdadero yo, vio la sonrisa fingida en un derroche de la mentira, declarando esperanzas e ilusiones envueltas en buenos deseos, las parejas renovando promesas de amor eterno y los besos de Judas volando en explosiones como globos de feria.

Mientras tanto, Eulogio permanecía en la esquina más lejana del salón , disfrutando con su amiga soledad, el alegre alboroto animado por la fanfarria de una orquesta, que despedía el año viejo, “faltan cinco para las 12, el año va a terminar, me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá”, seguido de un canto desordenado entonado por la multitud, entre saltos, gritos y vuelos de serpentinas, devorándose en cada segundo una de las 12 uvas, desde enero a diciembre y saboreándolas con los buenos y malos deseos para cada mes.

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Eulogio pensó que nadie imaginaba, que el año del vacío y el encierro los esperara a la vuelta de la esquina para confinarlos indefinidamente, cuando llevó la última uva a su boca y las trompetas animaban la existencia con una explosión de alegría. De pronto, escuchó el ulular de una ambulancia cada vez más cerca, sacándolo de la fiesta, de su profundo sueño y volviéndolo a la realidad.

En ese momento se sentó en el sofá y estirando los brazos se puso  de pie refregándose los ojos, vio en el plato el último bocado del emparedado de la noche anterior y con experimentado gesto, se lo llevo de un solo golpe a la boca, luego de apagar el televisor se dirigió a la alcoba, pensando en su eterna soltería, donde la soledad y el silencio, eran sus queridas compañeras.

En los últimos días se había sorprendido hablando con las plantas del jardín cuando las regaba, además, una mañana percibió cuando paso cerca de ellas, que movían las hojas, y parecía que las flores abrieran amorosas las corolas y los pétalos se ruborizaran como cualquier niña adolescente. Ese día, Eulogio decidió invitarlas a su cumpleaños, los celebraría en compañía de estas silenciosas y prudentes compañeras, con las que compartía el confinamiento, con ellas partiría la torta y brindaría con sendos vasos de agua.

Al otro día de la celebración decidió invitar por la tarde, a la que estaba más hermosa y florecida a disfrutar un paseo por el parque. Con cuidado depositó la magnolia desbordante de flores en una cesta, partiendo luego con ella de la mano por la calle del barrio, en el camino se sintió feliz, cuando encontró una vecina que llevaba una pequeña mascota y lo saludó desde lejos, alabando la belleza de su magnolia, y como no podían sonreír abiertamente, por el incómodo tapabocas, se brindaron una sonrisa con los ojos, acompañándola con un amistoso movimiento de la mano.

Él no imaginó que este saludo fuera el comienzo de su desgracia. Mientras hablaban a prudente distancia, había depositado la cesta con la magnolia en el césped y su vecina soltó al pequeño perro a retozar en el parque, el que se acercó a la hermosa planta, sin ningún protocolo y levantando su pata orinó encima de todas las flores, de repente, de una patada el pequeño perro voló por los aires, en medio de sus aullidos y los gritos de Eulogio persiguiéndolo y jurando matarlo por su atrevimiento.

La policía llegó en una ambulancia del manicomio y se llevaron a un sanatorio de reposo al soltero más cotizado del barrio, que había perdido la razón hablando con las flores en el confinamiento.

Cuentan las malas lenguas, que deambula por los pasillos del sanatorio luciendo una camisa de fuerza y repitiendo una frase permanentemente, “en este mundo de locos, hasta los perros nos vuelven locos”.