Edgar Allan Poe y Evaristo – Fabio José Saavedra Corredor #Columnista7días

Evaristo se frotó suavemente los ojos y poniéndose de pie, estiró los  brazos intentando tocar el techo del cuarto, lentamente dejó escapar un suspiro y con la mirada agradecida floreciendo en sus ojos, cerró el voluminoso libro, que enigmático, volvió a guardar sus secretos, en la portada se leía en letra gótica dorada, “Cuentos completos, Edgar Allan Poe”.

El cansado lector se sentía satisfecho, pues, había disfrutado hasta la última huella impresa en el libro, por el aleteo sublime de la imaginación y la pluma del poeta. Evaristo siempre tuvo una rara atracción por el  mundo metafísico, en el que la realidad se vuelve etérea y la creatividad alza vuelo.

Desde que leyó el primer renglón, se sintió atrapado por la magia del escritor, entonces, despacio recorrió con su mirada el cuarto, deteniéndose en el reloj de pulso que estirado cuan largo era, descansaba sobre la mesita de noche, en ese momento indicaba las tres  horas y veinticinco minutos del 7 de octubre del año 2020.

Desde hacía varios días había abordado la creatividad literaria, consignada en la obra de Poe, sintiéndose intrigado por la descripción de los personajes, sentimientos, escenarios y la trama de sus relatos, todo esto lo había seducido sustrayéndolo de la realidad rutinaria de su vida, Evaristo se sintió deambulando por paisajes siniestros y macabros, en cementerios tétricos donde el ulular del viento y las lechuzas, entonaban melodías fúnebres acompañando el descanso eterno, mientras él disfrutaba un viaje por esta literatura fascinante, que no le permitía renunciar a la aventura propuesta por el autor, en todos los cuentos descubrió interrogantes y desenlaces insospechados, que lo cautivaron hasta el final de la obra.

Esa madrugada, parado frente a la ventana, observó la oscuridad impenetrable de la noche y pensó que la obra de Allan Poe debía tener algo de terapéutico, porque lo había curado de sus grandes miedos, del miedo a los muertos, a lo desconocido y a la soledad, se sentía curado de esos temores, después de encontrarlos inmersos en sus relatos, el escritor tenía la capacidad de tratarlos con la naturalidad y espontaneidad de una fiesta infantil,  aun tratándose de aquelarres de brujas en noches de luna llena, sin producir temores o angustias en sus lectores.

Tal es el caso de Mr. Stapleton en “El entierro prematuro”, o la magistral analogía que presenta en “El descenso al Maelström”, en la que se puede deducir la angustia de un ser abatido por el efecto de los alucinógenos, atrapado en las profundidades de un remolino en el océano, de donde fue rescatado por su instinto natural de supervivencia.

Nuestro lector también se deleitó con el poema “El Cuervo”, en el que encontró al autor esplendoroso, en su trasegar metafísico de la vida a la muerte y más allá de la muerte, lo imaginó en una tempestad marina en la que, efectivamente, navegó toda su vida, hasta llegar a ser un avezado marinero, para lograr superar las dificultades en el paso de la Estigia con Caronte.

A este punto Evaristo concluyó, que la naturalidad y la grandeza de la obra de Poe, habían germinado en la cruda experiencia de su vida, alimentada en ambientes sórdidos, marginados, rebeldes y contradictorios, en el dolor y la decepción causada por el rechazo a su ansiada autonomía y dignidad, reclamando siempre independencia, en medio de una institucionalidad que lo maltrató desde su nacimiento, hasta el 7 de octubre de 1849, a las tres de la madrugada, cuando se despidió sin resentimientos de la vida, la que le permitió construir en tan corto tiempo la excelencia de su obra, y que lo amortajó por todos los tiempos, con el traje que le abrió las puertas a la posteridad de la literatura, por eso, esa madrugada se despidió como si cerrara uno de sus cuentos: “quiero saber si hay esperanza, para un miserable como yo” y luego cerró el libro de su vida  con una frase perfumada con aromas de oración, “Que Dios se apiade de mi pobre alma”.

En ese momento Evaristo recordó el cuento “El poder de las palabras” en el que leyó un mensaje que lleva condensado el pensamientos de Edgard Allan Poe sobre la vida, y donde encontró un raro sabor profético.

“Oinos. —Pero ¿por qué lloras, Agathos…y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas… pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos. —¡Y así es… así es! Esta estrella tan extraña… hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!”

Envuelto en estas reflexiones, Evaristo cerró sus pesados párpados y se entregó al sueño.