Remembranzas de Infancia – Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

En el pintoresco Arcabuco, un pueblo privilegiado por el abrazo de los bosques de roble durante el año del Quercus Humboldtii, el invierno se recuerda por la crudeza inmisericorde con que azotó a la región, los aguaceros se sucedían intermitentes día tras día y la última noche había llovido como nunca, los relámpagos iluminaban con sus destellos el interior de la casa y la voz del trueno retumbaba entre los cerros yendo a morir al extenso valle, asustando a los perros que con la cola entre las piernas corrían a refugiarse bajo las sillas en el corredor.

El río bajaba como una recua de caballos desbocados y el caudal amenazaba con desbordarse en cualquier momento, la corriente en las orillas se veía pasar rauda, jugando con la hojas de los carrizos, chusques y helechos, ellos inclinaban sus tallos como rindiendo reverencia al paso arrollador de la naturaleza.

Cuando llovía torrencialmente en el páramo de Iguaque, se originaban estas enormes crecientes, arrastrando todo lo que encontraban a su paso, por eso los niños de la región tenían prohibido acercarse a las orillas en circunstancias como estas, en todo el pueblo y las fincas cercanas al cauce, se escuchaban los rugidos del río y los más viejos contaban que era un lamento de la naturaleza, reclamándole a los aserradores de roble por la destrucción de los bosques en la cabecera de la cuenca. En la madrugada amainó la lluvia y las aguas regresaron a su cauce, invitando la vida a conciliar el sueño horas antes del amanecer.

El sol no se había asomado todavía por el horizonte, cuando el pollo colorado se paró en la vara del gallinero y sacudió las alas lanzando al aire las alegres notas de su canto, agradeciendo el nuevo día, luego haciéndose a un lado y con los ojos bien abiertos, contó una a una las diez y nueve gallinas que bajaron entre aleteos y cacareos, hasta que de último bajo el gallo abuelo, que tratando de mantener el equilibrio terminó aterrizando en el pasto. A esa hora vi cómo se colaba la luz del amanecer por debajo de la puerta y abracé las cobijas arrebujándome entre la manta de colores que me había regalado mi abuela.

Mi madre ya se había levantado y la oí dar instrucciones para el desayuno en la cocina. Era domingo y las rutinas regresaron con el sosiego del río, discreta asomó por la puerta de la alcoba y con su voz tierna anunció: —¡a levantarse mis chinitos, mientras se arreglan, María de Jesús sirve el desayuno! —El aroma a changua, huevos y chocolate nos recibió en el comedor y las voces alborozadas de los hijos llenaron el ambiente.

Normalmente, cuando el río bajaba crecido, al siguiente día mi padre salía de pesca para aprovechar el agua turbia, por la carga de limos arrastrados a su paso por los bosques, yo sabía que después de la misa dominical, mi tarea era buscar las carnadas debajo de las matas de yerbabuena y toronjil, allí me aprovisionaba de un buen surtido de inocentes lombrices de tierra que terminaban sus vidas ensartadas en el imperturbable anzuelo, para luego servir de carnada a las truchas que raudas se lanzaban a llenar sus estómagos hambrientos, con las inocentes lombrices cómplices del mensaje de la muerte.

Envuelto en mis pensamientos yo seguía a mi padre por el río ayudándolo en la faena, hasta que el sol marcaba el medio día, momento en que iniciábamos el regreso, saltando de piedra en piedra, con la ilusión del pescador satisfecho bailando en los ojos y el corazón galopante en el pecho, así regresábamos a casa cargando el resultado de una buena pesca, en medio de la alegría materna y el temor de mis hermanas por las truchas muertas, miedo que desaparecía cuando las saboreaban en el plato sobre la mesa. Pensé que la vida llevaba inmersa las cadenas alimentarias, que mantienen viva y equilibrada la naturaleza. Pero algo que no he logrado entender todavía en mi camino de viejo, es la salvaje antropofagia en la única especie inteligente.