Nefasto fantasma de oriente Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

Nefasto fantasma de oriente Fabio José Saavedra Corredor - #Columnista7días 1El lunes en la mañana Evaristo salió del acogedor abrazo del sueño, sintiendo frío en el alma, la piel se le fue erizando poco a poco cuando quiso arrebujarse bajo la cobija, buscando la tibieza del cuerpo y el amor de su esposa. No logró entender al comienzo lo que estaba sucediendo, en el momento que sus brazos se extendieron indefinidamente por un espacio en el que no estaba ella.

Entonces, fue cayendo en el abismo de la soledad, lentamente, donde los había arrojado el microscópico cuerpecillo venido del lejano oriente, el que a diferencia de los legendarios reyes magos, que trajeron alegría y buenas nuevas, solo les había traído dolores y tristezas, cuando llego como los ladrones, un día o una noche cualquiera a sus vidas,  sin darse cuenta les regaló al comienzo confinamiento, y luego, los aisló en el encierro, por lo que se vieron obligados a dormir en cuartos separados, para cumplir con los protocolos de  seguridad establecidos en la lucha por la sobrevivencia.

Desde esa mañana, él percibió la nueva realidad, la que les impuso sorpresivamente la inconsciencia humana,  y sintió dolor en el alma, cuando quiso llorar y solo le afloraron en los ojos enormes lágrimas, vistiendo trajes negros para acompañar la guadaña de la muerte, que había venido a convertir la vida en un funeral interminable, que colmo los cementerios, al que todos estábamos invitados, en el  mundo de la virtualidad, porque hasta el derecho a enterrar a los muertos se los cercenó a la vida, el invisible fantasma venido de oriente.

En ese momento, emergió la fuerza en su corazón, la que enarbolan los temerarios y valientes,  donde las decisiones no se detienen, solo se actúa y se siente, y sin pensarlo dos veces sus miradas se abrazaron desde los permitidos dos  metros y sus manos se entrelazaron en el aire, sintiéndose cada vez más fuertes para afrontar, como siempre, el problema que fuera, y se acordaron de lo que decía su abuela, “mijito, Evaristo, ¡con su abuelo, unidos hasta la muerte!”.