Sumercé, una radiografía de nuestros páramos y del campo, rodada en Boyacá

Para muchos, lo más conocido del largometraje de Victoria Solano es la imagen de César Pachón, el líder campesino y hoy congresista, pero además uno de los tres protagonistas de esta historia que se narra en los campos y páramos de Boyacá y Cundinamarca.

Pero Sumercé es mucho más que esto. Y tiene que serlo, pues se trata de esta directora colombiana que en su anterior documental 9.70, habló fuerte sobre el despojo y destrucción de semillas usadas por campesinos en sus cultivos, quienes por sembrar, como lo habían aprendido de sus ancestros, ahora eran considerados ‘ilegales’. Fue tan fuerte el documental que una resolución que se alistaba en el Congreso de la República fue congelada.

“Vinieron por las semillas, ahora vienen por el agua”, es una de las frases que usa Victoria para resumir su nueva producción, Sumercé, que gira en torno a la necesidad de proteger los páramos colombianos, que representan el 59% de esas grandes ‘fábricas’ de agua existentes en el mundo, de la minería ilegal y de cómo los campesinos que los habitan y cuidan son equiparados con las grandes compañías que la practican a gran escala.

Fue hecha en formato para cine, pero ante los cierres de las salas por cuenta del Coronavirus, Victoria decidió estrenarla en la plataforma que se ha convertido, desde hace más de dos años, en el mejor aliado para los creadores de todo tipo de producciones audiovisuales: Mowies. Allí está disponible desde el pasado jueves para ser vista, por un costo de 10 mil pesos.

Sumercé, distribuida en Colombia por Doc:co, tuvo su premier mundial en el prestigioso Festival de Cine de Sheffield, donde fue nominada al premio Tim Hetherington. Luego participó en tres festivales europeos de derechos humanos, en Berlín, Nuremberg y Lugano. También fue invitada a participar en Praga, en One World, el festival de cine de derechos humanos más prestigioso de Europa.

Ver esta película es tener un pasaporte para sumergirse en la vida de tres líderes campesinos ambientales, dos boyacenses y una cundinamarquesa, que buscan proteger los páramos de los grandes riesgos a los que están expuestos, más allá de las intenciones de protección que se realizan desde los aparatos, legislativo y judicial colombianos. Cada uno, a su manera enfrenta a grandes maquinarias para que sus palabras sean escuchadas.

Se trata del veterano activista Eduardo Moreno, el líder agrario César Pachón y la líder campesina Rosita Rodríguez, quienes encarnan diferentes situaciones a las que se están enfrentando los labriegos de todo el país, esos mismos que habitan en lo más alto de las montañas, esos mismos que son considerados como ciudadanos de segunda clase.

“A pesar de ser un país con grandes territorios agrícolas, rico en afluentes de agua y con un conocimiento ancestral de todo tipo de cultivos por parte de miles de colombianos que nunca quisieron abandonar sus parcelas, pero que fueron sacados a la fuerza por los violentos o por el abandono del Estado, que no ofrece condiciones ni garantías de una vida  digna en las zonas rurales, Colombia, como muchos otros países, se enfrenta a una crisis alimentaria sin precedentes”, relata la directora de Sumercé.

Esta película documental de 83 minutos de duración es contundente desde su inicio, al mostrar cómo al mismo tiempo que campesinos, ahora considerados ‘invasores’, eran desplazados de las tierras que por generaciones han cultivado y cuidado, Colombia entró en una crisis agropecuaria sin precedentes. Tras un año de la entrada del TLC se sumó la crisis de los precios y se declaró el paro nacional agrario, que sirvió de escenario para empezar a narrar Sumercé.

“Es la historia de resistencia de seres humanos inquebrantables como las montañas combativas y poderosas. Sumercé es mantenerse en pie ante los poderosos dispuestos a fracturar el futuro del pueblo. Es la historia de aquellos que protegen nuestras raíces y cuidan nuestro futuro, incluso en momentos de crisis, incluso en momentos tan adversos como los que enfrenta hoy el mundo por una pandemia”, señala su directora.

‘Sumercé’ en primera persona, en la voz de Victoria Solano

El tema de los páramos lo encontré caminando hacia Tunja, hacia donde me dirigía para llevar toda la documentación que tenía sobre las semillas, y que no necesariamente estaba dentro del documental, a los líderes que estaban negociando con el gobierno y podían lograr un cambio.

Mientras iba, de bloqueo en bloqueo en el paro agrario, conocí a un montón de líderes que me explicaron sobre las dificultades que tienen para sacar adelante los cultivos y los precios que les dan por sus productos, pero también se hizo evidente el muy grave problema de los páramos en sus tierras.

Empezaba a haber licencias mineras, noticias de zonas protegidas, rumores de situaciones ocurridas con gente en parques y de que algo iba a pasar con los páramos. Así, poco a poco, surgió la temática puntual de la película: el conflicto que hay entre proteger a los páramos y sus habitantes o entregar los páramos a la minería.

En Sumercé se muestra como a los campesinos les prohíben sembrar en el páramo, pero lo abren a la minería…

Ese es el corazón del debate, porque a pesar de que celebramos que la Corte sacara una sentencia para cuidar los páramos, nos sorprendió que pusiera al mismo nivel a la minería, a la agricultura y a la ganadería, cuando de la minería a gran escala no se vuelve.

Los páramos quedan convertidos en parqueaderos, porque nunca recuperan sus capacidades de gran ecosistema. La agricultura a gran escala también daña el páramo, pero hay una diferencia notable, y es que después de ella el páramo puede volver; se recupera.

Lo han dicho los científicos más importantes del país; Brigitte Baptiste, por ejemplo, lo dijo en la Corte cuando los magistrados le preguntaron. En nuestra película aparece un ejemplo de cómo Eduardo Moreno recuperó el páramo, simplemente dejándolo quieto.

¿Y qué pasa con la agricultura y la ganadería a pequeña escala?

Los páramos han sido cuidados por los campesinos que los habitan. En las fincas de zona de páramo la gente no usa el 50% o el 30% del terreno, porque eso fue lo que aprendieron de su papá y su mamá. Si ese cuidado no se tiene, la reserva de agua se va, y sin ella, se mueren las vacas, se acaba la vida.

Lo que nuestros campesinos saben hacer es cuidar el páramo. Entonces, no es posible meter en una misma bolsa a una multinacional minera que a una persona que tiene dos o tres vacas y un cultivo que sabe rotar, y que además tiene la voluntad de aprender, porque ningún campesino quiere dañar su entorno. Aquí también hay que hablar de minería artesanal…

En el terreno de las pequeñas escalas también entra la minería artesanal, ancestral, que se practica desde la época precolombina, para extraer oro y carbón. La diferencia entre la gran minería y la artesanal es que en esta el minero trabaja en su propio territorio, igual que el campesino cuando siembra papa o cebolla, mientras que en la gran minería se compran los títulos mineros que tienen los pequeños propietarios y en 25 años explotan lo que a los campesinos les tomaría 400 años, es una cuestión de temporalidad. Adicionalmente, la gran minería explota las minas de carbón, oro o plata con explosivos, por lo que su impacto sobre el ambiente es demasiado alto.

También deja claro que esta gran minería no es colombiana

Nuestra lucha siempre está enfocada en contra de la gran minería, que efectivamente no es colombiana, porque exige altísimos niveles de inversión en muy poco tiempo. La minería de El Cerrejón es extranjera, la de Antioquia es sudafricana y la que está en Santurbán es de Emiratos Árabes Unidos.

Estadísticamente no se puede saber quién es el que hoy daña más, porque hay una problemática que también está relacionada con la frontera agraria, que se está corriendo cada vez más por múltiples motivos, como la importación de alimentos. Hace mucho los campesinos tienen que producir a más bajo costo y usar agroquímicos y agrotóxicos, bajo la amenaza de que si no los aplicaban, los cultivos no resistirían las enfermedades.

Paradójicamente, el propio Estado que hoy expropia campesinos porque contaminan o dañan el páramo, es el que promovió el uso de estos productos. Pero el dato que más nos escandaliza es el de los 40 litros de agua por segundo usados durante la construcción de Santurbán.

Pie de fotos:

Colombia posee el 59% de los páramos del mundo. Ecosistemas con capacidad de fijar carbono, similares al del Amazonas.

Estas “fábricas” de agua producen un litro de agua al día por cada metro cuadrado. Casi 500 mil personas viven y trabajan en ellos y son determinantes en gran parte de la producción de alimentos del país.

En las últimas décadas se han privatizado páramos y se ha permitido que multinacionales mineras los exploten y de eso precisamente habla la directora Victoria Solano en Sumercé, su nueva producción.

Aunque se trata de una producción hecha para cine, ante los cierres de las salas por la pandemia del Corononavirus, se puede ver desde el jueves pasado en la plataforma Mowies.