El día que la “Carranguería” se amancebó con la Sinfonía

Aquí la historia completa contada por Jorge Velosa, 10 años cumple ya la «Carranga Sinfónica».

En la inmensa riqueza musical de la patria se resguardan los resultados de procesos culturales con lenguas propias que han permanecido en el tiempo, unos inéditos, otros conocidos y algunos permeados por el marketing publicitario.

Ésta parece haber sido la suerte de la Carranga, un género que logró mezclar y traducir, en un mismo vocablo, aires y ritmos que, aunque intactos por muchos años, no se habían mezclado hasta cuando un campesino inquieto y rebelde nacido en Ráquira se puso en la tarea de entrelazar sus cadencias como quien coge la cabellera gris de la abuela y la anuda para hacer las trenzas.

Cada región y cada zona ha tomado lo que más ha llamado su atención y han hecho de esos aires su propia doctrina y su religión, por eso no es extraño entender lo que hizo Velosa cuando echó mano de un atado de rumbas criollas, otro tanto de bambucos fiesteros, alguito de merengues criollos, unos toquecitos de torbellino y, como quien prepara un delicioso cocido, los mezcló hasta que diera el punto de Carranga.

La receta gustó tanto que varios andariegos hicieron juntanzas alrededor de Velosa para arrancarle murmullos al tiple, el requinto y la guitarra, guiados por el galope inconfundible de la guacharaca; entonces los versos escritos en la ajada libreta empezaron a pasar de boca en boca, promulgando el canto popular que los asumió como suyos y los convirtió en lenguaje de sus vivencias. 

Historias sencillas como la que narra la pérdida de una cucharita en pleno centro de Bogotá, la Julia que robó el corazón de un camionero, el cagajón que alimenta la tierra para producir la comida, el simpático relato de una vaca llamada Pirinola, y la de aquel rey cuyo único linaje es su ruana sin cardar se fueron metiendo poco a poco en el sentimiento labriego de los lugareños y se volvieron himnos de identidad, entonados con devoción por la voz arrolladora del pueblo.

 Y cuando todo al parecer estaba consumado y esas cantas se habían tatuado como huella indeleble de la tradición campesina, del lenguaje ingenuo de los niños, el clamor del monte y la danza preferida de las flores; habiendo incluso llegado a romper el encopetado silencio del Madison Square Garden, aparece una propuesta tal vez igual o más osada que la misma mezcla rítmica de la Carranga. 

Se trataba de arropar aquella música con instrumentos extraños para la acústica rural con chelos, trombones, oboes, fliscornos, pícolos, tubas y otras filas más de clásicas onomatopeyas que hasta ese momento vivían en otro estrato y no se habían juntado con el barro ancestral de aquel campesino Raquireño.

Cuenta Velosa… “Nuestro grupo estaba participando como invitado en el Festival de Cosquín (Argentina), y allí nos topamos con el maestro Ricardo Bautista Pamplona – en ese entonces director de Culturama y luego secretario de Cultura de Boyacá – celebrando un concierto con ñoquis y unos vinos, él nos propuso la idea, la que varios meses después se vino a realizar…» 

Pues bien, se trataba de hacer una mixtura, tal vez extraña entre los sonidos acústicos del tiple, guitarra, requinto y guacharaca con la masa majestuosa de la sinfónica poniendo los tañidos de la música clásica al servicio de la Carranga para describir con ellos los enigmáticos quejidos de trigales o el de las mañanas primaverales que deambulan por los caminos polvorientos.

Continua Velosa“Luego de algunos acuerdos básicos en cuanto a repertorio, arreglistas, ensayos, conciertos, fuentes de financiación y orquesta, el proyecto tuvo dos etapas: 

La primera relacionada con los conciertos, especialmente el primero de lanzamiento del proyecto en el Teatro Colsubsidio de Bogotá, y el segundo en el Festival Internacional de la Cultura en Tunja; la segunda etapa estaba relacionada con la grabación del disco, su diseño, ilustraciones, promoción y otros conciertos…»

¡Sí!, la meta era llegar con la sinfónica nacional y los cuatro carrangueros a grandes teatros y festivales de renombre como el de la Cultura en Tunja y por qué no recorrer el mundo para que estos compases viajaran en los maletines de afamados músicos a otras latitudes, tarea inédita y ambiciosa que se debía hacer con mucha sutileza para que las versiones sinfónicas no fueran a desvirtuar el verdadero carácter de la Carranga. Un trabajo de «cirujano» para el que fueron convocados destacados arreglistas como los maestros Germán Moreno Sánchez, José Luis Posada, Mauricio Lozano, Fernando León, Eduardo Carrizosa Navarro, Fabio Londoño, Fabián Forero, Javier Fierro y Francisco Zumaqué quienes hicieron su mayor esfuerzo y con inmenso respeto pusieron su sapiencia al servicio de la delicada misión.

Dice Velosa… “Antes del concierto en el Teatro de Colsubsidio, recuerdo los ensayos previos y, en especial, el primero: tanto la orquesta, ya la Sinfónica que gerenciaba Juan Luis Restrepo como nosotros, estábamos muy intrigados, y hasta prevenidos de cómo iría a sonar ese arrejunte. Pasar de tocar los cuatro (González, Rivas, Cortés y Velosa) a compartir escenario como con ochenta músicos más, no dejaba de ser acoscojinante. 

Cuando transcurrieron los dos o tres primeros minutos del primer tema, creo que todos, orquesta y grupo, nos sentimos como si hubiésemos tenido una afectuosa cita pendiente desde hacía mucho tiempo, y nos seguimos gozando los ensayos bajo la dirección, en ese momento, del maestro Carlos Izcaray. Bueno sería hablar con otros de los tocantes de ese entonces para escuchar su parecer e impresiones, porque a mí la memoria ya no me estira tanto. 

Para el primer concierto en el Teatro Colsubsidio, igual que para el primer ensayo, también estábamos muy expectantes, tanto por la asistencia como por la “sonancia”. El público – que siempre agotó boletería –, igual que nosotros, permanecía muy a la expectativa.

Yo arranqué con esta copla, que seguimos diciendo al inicio de todos los conciertos:

Somos hablares, historias,

copla, canto y poesía;

eso es lo que pregonamos,

eso es la carranguería,

un abrazo musical,

un pacto por la alegría,

o dicho en pocas palabras,

somos un canto a la vida. 

Había un silencio en el que se sentían hasta los respiros. Arranca la orquesta con el preludio de El rey pobre, todo sigue en silencio, y cuando entra González con el requinto el público estalló en un calidosísimo aplauso, y el resto fue gozadera…»

El primer paso se había dado, la loca idea de la “Carranga Sinfónica” había salido a la luz pública y entonces el país se estremeció y los medios de comunicación hicieron crónicas, informes y documentales porque según señalaban sus titulares, “La Carranga se había vestido de frac” y ahora ya no eran 4 sus exponentes sino más de 90 músicos en escena. 

Otros más recatados y conservadores aseguraban que la preferían original con los cuatro exponentes en los instrumentos vernáculos, pero como dice el adagio popular, “para gustos colores”, y como muchas otras cosas esta corriente se había diversificado y ahora estaba servida a la mesa en diferentes presentaciones.

Llegó entonces el ansiado momento de presentar el gran concierto en la cuna de este género y la plaza de Bolívar de Tunja se engalanó con una gigantesca tarima a donde llegaron, desde muy temprano, los músicos de la orquesta sinfónica nacional vestidos de smoking y en la delantera los cuatros carrangueros de punto blanco con el abrigo de cuatro puntas. 

En la mítica plaza había un aforo con más de 4.000 sillas para acomodar a los celosos Boyacenses y a otros invitados llegados de diferentes partes del país y el mundo, todos expectantes de como sonaría la Julia, el Rey pobre o la Cucharita en tan extraña sambumbia.

Se celebraba la versión número 38 del Festival Internacional de la Cultura y el gobernador de la época José Rozo Millán, junto a su secretario de cultura – proponente, además, de la atrevida idea – dieron apertura al añorado concierto. El director extendió sus brazos como el águila que abanica sus alas para tomar vuelo y entonces sucedió lo mismo que narra el juglar en el teatro Colsubsidio ¡la plaza se silenció como tratando de entender que era eso que ahora sonaba y hacia diferente los cantos de su tierra, o porque quizá no querían que a su amada Carranga le pasara lo mismo que a la china cuando se fue pa’ la capital!

Vino luego un grito que al unísono estalló en júbilo y el público se puso de pie para ovacionar a los refinados músicos que acompañaban a su máximo exponente. La “Carranga Sinfónica” había pasado su segunda prueba, pero el periplo continuaba, y al otro día los esperaba Ráquira, ni más ni menos la madre tierra que había parido al papá de la Carranga.

Narra Velosa… “En cuanto al concierto en Ráquira, que fue una de nuestras condiciones, es tan inolvidable como el del Madison de Nueva York. Nos dirigió el maestro Eduardo Carrizosa en una plaza totalmente colmada de paisanos, tanto locales como de los pueblos vecinos, y hasta de municipalidades lejanas. Creo que es la primera vez que la gente se baila una orquesta sinfónica, porque no se aguantaban las ganas con algunos de los temas clásicos; y con otros, la atención y la emoción eran tales, que todos parecíamos levitando. 

Luego en la orquesta se dijo que nunca habían recibido una ovación tan intensa y amorosa como la del público de Ráquira, y yo aún siento retumbar esos aplausos” …

Vinieron más conciertos y otros sistemas orquestales como la Filarmónica de Medellín se vistieron también de frac para interpretar la música carranguera lo cual ya no era tan difícil porque los papeles estaban adaptados a cada instrumento y para los talentosos músicos que hacen lectura a primera vista solo era interiorizar ese ritmo que extrañamente se mete por las venas y hace hervir la sangre hasta el punto de estallar en espontáneos movimientos.

Luego fue Antioquia, Cundinamarca, Santander y hasta la concha acústica del parque de la música del Festival Mono Núñez de Ginebra a donde llegó el novedoso invento. Allí se volvieron a encontrar la sinfónica de Colombia con Velosa en un concierto histórico que logró colmar hasta el último recodo del inmenso aforo. 

Pero ahí no para la cosa porque como lo narra el maestro Velosa, el proyecto fue bien pensado y otra de sus fases era llevarlo a la discografía para perpetuar las sonoridades de un género secundado por la sinfonía. ¿Y qué pasó con el disco, porque, aún hoy, lo preguntan los melómanos y no se encuentra? 

Velosa rompió su silencio y habló en exclusiva con Sie7e Días para dar a conocer su reciente creación
Jorge Velosa Ruíz. Foto: Archivo Boyacá Sie7e Días

Puntualiza Velosa…“La aparición de internet, las redes, el incremento de la piratería, etc. llevó a la crisis a las disqueras y sus productos en físico, MTM incluida, que publicaba el disco Carranga sinfónica. Algunas de ellas, y muchas tiendas y distribuidores, desaparecieron, otras se readaptaron al mercadeo sonoro por internet, caso de MTM. Por eso, el disco físico ya no se consigue”… 

Ahora solo falta que el juglar rompa su prolongada cuarentena y el proyecto, como se planteó desde sus inicios, siga andando para que llegue a los escenarios de Europa, Norteamérica, Asia y la Carranga toque el espíritu clásico de diestros músicos, esos mismos que en grandes ensambles nos han hecho vibrar con la interpretación de Wolfgang Amadeos Mozart o Frédéric Chopin, y no saben de lo que se están perdiendo, pero tal vez algún día puedan tener el privilegio de tocar La gallina mellicera, Lero lero candelero, El marranito, Por fin se van a casar o La cucharita, y entonces entenderán que al otro lado del mundo hay una “tierrita” donde se goza y se baila un singular ritmo, en un solo movimiento, con el allegro del alma y el canto inconfundible de la Carranguería.