Obediencia ciega – Fabio José Saavedra Corredor – #Columnista7días

En un país tropical donde la locura instaló su carrusel, y en el que giran diariamente las más disparatadas realidades, a las que sus ciudadanos ya están acostumbrados. Pues no sería la primera vez en la historia, que un patrón insultará a sus incondicionales guardaespaldas por no dejarse vacunar, como sucedía hace algunos años en el sector rural o en el comercio de los pueblos y ciudades. Ellos, en su ignorancia obediente, mantenían la mirada fija en el suelo, para evitar que los destellos de ira emitidos por los ojos de su jefe, los fulminara como rayo en tormenta.

Esto sucedió la tarde cuando el patrón llegó agotado, después de recorrer a caballo sus interminables latifundios y con el deseo de irse a dormir temprano. Después de apearse de su yegua consentida, le acarició las ancas sudorosas y le prometió fidelidad eterna.  Inesperadamente, lo poseyó la voz del trueno, ordenándole a su tropa de leales, que al día siguiente debían vacunarse todos, sin excepciones, luego, levantando su mano derecha, a manera de saludo militar, para dirigirse con paso resuelto a sus aposentos y sin alcanzar a percatarse de la sorpresa en los rostros de sus incondicionales fusileros, nacida de la orden impartida.

Mayor fue su sorpresa al día siguiente, cuando encontró toda la tropa en rigurosa formación esperándolo en las caballerizas, con rostros resignados y decididos a entregar el veinte por ciento de su salario, para cumplir la orden de vacuna impuesta la tarde anterior por su infalible jefe.

Entonces, con su voz de confesor de pueblo, después de citar a la bella infiel, para ser absuelta en sus aposentos privados, les reconvino, ¡Hijitos!, no es esa vacuna, es la chuzada en el hospital, tienen la mañana para que vayan a las chuzadas.

Todos partieron raudos a chuzar los teléfonos fijos y los celulares de los médicos, enfermeras, y hasta los de las aseadoras del hospital.

Moraleja: Comunicaciones clara, tarea eficiente