Buenas y malas intenciones

La vida y la humanidad seguirá girando alrededor del eje del tiempo: el pasado cargado de experiencias, el segundo a segundo del efímero presente y el futuro incierto pleno de ilusiones, proyectos y sueños.

Es un girar eterno donde todos somos pasajeros, y cada año nos detenemos a ver pasar los minutos y las horas en la bienvenida del año nuevo, unos implorando que se acabe el giro de la mala suerte, que solo trajo sufrimientos, otros disfrutando el baño de triunfos que los mantiene entre sonrisas y agradecimientos.

Son los rostros de la vida, en los que se llora o se goza en medio de sentimientos espontáneos y sinceros, cantando y contando las doce campanadas del reloj en la cúpula de la iglesia se despide lo que sin morir ya no vuelve.

Y afloran añoranzas, desilusiones con sentimientos de orgullo o arrepentimiento entre nostalgia tristeza y festejo, entonces afloran abrazos y besos envueltos en explosiones de buenos deseos, como gotas de lluvia en invierno, o entre promesas de cambio y amor eterno, escritos en un listado en una inmaculada servilleta, firmada bajo juramento con un beso y como testigos la luna y las estrellas, guardándola doblada cuidadosamente en la cartera, con el trébol de cuatro hojas y el talismán de la buena suerte, para el próximo año quemarla en la pólvora del 24 de diciembre, y volver a reconstruir el listado de promesas para el año que nos espera.

Así es la despedida del que se va y la bienvenida del que llega, es el encanto de un instante al que todos los hombres estamos invitados y al que todos tenemos derecho, con el corazón de la humanidad palpitando al mismo tiempo, donde se une la energía de la vida sin diferencias ni reservas.