Angustia de no futuro

Los adolescentes de la segunda mitad del siglo XX abrieron los ojos en un paisaje variado de intereses, origen, ilusiones y proyectos individuales, adobados en un ambiente antiimperialista contra el policía del mundo, que inventaba guerras en cualquier continente.

En esta coyuntura histórica el desarrollo tecnológico inició su loca carrera.

Allí los jóvenes crecían en medio de nuevos movimientos culturales: el nadaísmo abrió su sendero en la literatura, incentivando nuevos comportamientos, con el encanto musical de los Beatles y baladistas nacionales, que animaban conductas rebeldes con sabor a protesta, rompiendo tabús religiosos y sociales entre ansias infinitas por demoler fronteras, para proponer un hombre nuevo con un morral a la espalda lleno de sueños, o volando en un pensamiento y sentir diferente en sus relaciones sociales, políticas, religiosas, económicas y artísticas, que le sirvieron como base para su proyecto de vida soportado en valores de trabajo, amor de pareja permanente, ahorro, respeto y la familia como unidad social, en una escuela cerrada por cuatro paredes y dirigida por modelos de autoridad y buen ejemplo de padres y maestros.

Lo anterior es una pequeña radiografía de otra época, que se volvió difusa en la memoria de las generaciones actuales, en donde el futuro se pierde con el concepto angustiante de querer vivir solo el momento, en un hoy al que se le entrega todo lo que se tiene, y el mañana lo convierten en la incertidumbre, incluso de la existencia librando guerras ajenas con intereses ajenos, a donde el invitado de honor es la muerte.