Te doy mi palabra

Aquellas épocas en que el contrato se sellaba con una palabra y bastaba un apretón de manos para tener confianza en que las cosas se darían en el sentido acordado, pasaron a la historia. Hoy se requiere escribir todo al detalle y ni aún así hay garantías de cumplimiento.

Dar la palabra en un compromiso, en un pacto, en un acuerdo de voluntades, debería bastar para cumplir sin que fuese necesario mayores formalidades. Pero en nuestra cultura no solo debemos firmar extensos documentos para fijar compromisos, sino que pese a ello los incumplimos. No se trata entonces de formalidades escritas lo que da garantía de cumplimiento.

Se trata de una conciencia del valor del compromiso y del empeño de la palabra. Mientras algunos usan la palabra como simples vocablos sin peso y sin sentido, otros entienden que la palabra se honra y debe cumplirse, porque el incumplimiento va destruyendo la confianza y la seguridad que se irradia frente a los demás en cualquier esfera de la vida.

Nuestra cultura ya no presume la buena fe, presume la mala y la buena hay que demostrarla. En cualquier lugar nos requisan, nos registran, nos hacen firmar extensos compromisos para cumplir lo que con la palabra dijimos que haríamos o no haríamos.

Somos una cultura impuntual, infiel, desleal, de altas estadísticas de inasistencia alimentaria, de demandas por incumplimientos contractuales, una cultura que ya no siente vergüenza de faltar a esa palabra que nos define y que es la imagen de nuestro ser interior.

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