Los procesos son la clave más certera

Muchas veces los padres transmiten sus frustraciones a sus hijos y en la mayoría de casos resultan siendo tan o más grandes que la de ellos. La solución, la exploración vocacional.

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La formación bien direccionada es la base de un proceso que con el paso de los días va encontrando destrezas y falencias en el alumno.

Por tradición, los padres confundimos los caprichos y las ‘pataletas’ con las aptitudes de nuestros hijos. Entonces pretendemos hacer de ellos grandes deportistas, artistas, músicos, actores, modelos, futbolistas, nadadores, karatekas y cuanta cosa más se nos ocurre, sin haber hecho antes una valoración de sus vocaciones o una sensibilización que logre definir sus gustos e inclinaciones.

A esto se le denomina proceso, que es el conjunto de fases sucesivas que están ligadas mediante acciones y medidas por resultados, de ahí la importancia de realizar procesos artísticos para cualificar el arte y los artistas, logrando así el surgimiento de cultores con verdaderos criterios, que buscan la excelencia y los productos con conceptos estéticos.

Y no obstante ese error lleno de maternal amor, pretendemos que el niño desarrolle ciertas actividades que nosotros nunca pudimos y que se convirtieron en nuestras frustraciones. Entonces queremos que canten, bailen, toquen, naden, actúen, pinten, o se conviertan en deportistas de grandes ligas porque según dice Héctor Ochoa en su canción ‘El camino de la vida’ ellos son la “prolongación de la existencia”.

Pero además de preguntarles que les gusta, ¿hemos hecho un estudio serio sobre la disposición que tienen para la música o para el deporte? O ¿hemos permitido que los expertos hagan esa necesaria exploración para poder canalizar luego sus aptitudes? La respuesta es NO. Y es ahí donde radica el problema de una mala orientación, porque los padres nos convertimos en técnicos expertos de todo y pretendemos reemplazar a los que algo tuvieron que haber aprendido en su paso por la universidad.

En el caso de la música, por ejemplo, acostumbramos a llevar a los niños a escuelas o academias para que aprendan a tocar piano, guitarra, saxofón, batería o el instrumento que tiene en casa porque se lo regalaron de Navidad. Además, decimos que tiene una muy buena voz porque se la pasa cantando todo el tiempo, contradiciendo en ocasiones el concepto de maestros y pedagogos, que basados en una exploración, determinan luego hacia dónde deben llevar esas aptitudes que posee todo niño.

El secreto está en construir unas buenas bases como se hace en la arquitectura con los grandes edificios, porque de ahí depende presente y futuro y es allí donde necesariamente debe existir un dialogo conciliatorio y permanente entre padres y expertos, para que el niño pueda explorar, conocer, experimentar lo desconocido y entonces será su misma inclinación la que determine su preferencia por uno u otro oficio.

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El proceso formativo liderado por un experto en el tema, es la base sólida para tener un excelente profesional en cualquier área.

Muchas veces los procesos son truncados por el capricho de los padres, que también con infinito amor permitimos que nuestros hijos hagan mil cosas y finalmente no den resultados en nada. Para eso les compramos la mejor guitarra, el piano más grande, la raqueta más fina o el balón más sofisticado y damos gusto a todo lo que ellos exigen, sin pedir nada a cambio, a sabiendas de que al final del ejercicio ni fue músico, ni deportista, tampoco pintor, ni actor y todos esos accesorios del consentimiento fueron a parar al ‘cuarto de San Alejo’ mientras que virtuosos y talentosos niños inventan de los tarros de avena los tambores y arrancan sonidos a las cabuyas trenzadas en cartón, porque nunca han tenido esos ‘juguetes’ que otros despreciaron.

Moraleja: Permitamos que los expertos nos orienten para llevar a puerto seguro las aptitudes de nuestros hijos y no pretendamos transmitirles nuestras frustraciones, propiciando con esto el desarrollo de verdaderos procesos, que de seguro permiten mostrar extraordinarios resultados.