Según historiadores que se han dedicado a investigar y recopilar la historia de este tipo de
escudos, cada uno de ellos contiene la historia de la familia, de su alcurnia, de su linaje.

Aunque son muy pocas las propiedades en las que aún se conservan los escudos a la entrada, aún quedan.

En estos tiempos cuando el país habla del Bicentenario, cuando echamos una mirada al pasado para recordar la gesta libertadora y otros se remontan más allá para dignificar la presencia de la cultura indígena, resulta oportuno hablar de la heráldica.

Acerca de este apasionante capitulo los expertos describen la heráldica como una especie de herencia y una ciencia del blasón que es el arte de describir e interpretar los escudos de armas de una familia, una ciudad o de una persona.

La heráldica se propició durante la edad media especialmente en Europa y fue incorporada a los roles de la sociedad feudal y en especial en la nobleza y posteriormente en la iglesia católica, habiéndose propagado luego a ciudades, gremios, asociaciones, villas y en general a los territorios que optaron por la heráldica para simbolizar su sentir y representar sus principios filosóficos.

En Tunja, Monguí, Villa de Leyva, El Cocuy y Tibasosa, aún quedan algunos blasones.

La heráldica la determina el blasón que es un signo, emblema o figura que hace distinguir a unos de otros así como clasifica reinos, ciudades, provincias, familias y a los individuos. Es así como en épocas pasadas las 12 tribus de Israel tenían su propio blasón o emblema que las identificaban, la de Judá tenía un león, la de Isacar tenía un asno, Zabulón una nave, la de Dan una serpiente, en tanto que la luna y el sol pertenecían al blasón de la tribu de José. Para detallar un escudo se tenían en cuenta tres aspectos fundamentales: un campo distribuido en varios cuarteles, los esmaltes combinados según reglas estrictas donde solo se podían utilizar colores y tonos determinados y varias figuras en trazos planos sin la utilización de técnicas de perspectivas.

Los escudos o blasones se trasladan a siglos antes de Cristo, porque griegos y romanos tenían sus propios escudos, caso al que se refieren los hermanos García Carraffa en su libro “Ciencia Heráldica o del Blasón” que es una de las más consultadas obras a la hora de estudiar y conocer este apasionante tema.

En ese mismo documento se señala que “Las armas o armerías fueron desde sus orígenes y hasta el siglo X solamente jeroglíficos, emblemas y caracteres personales y arbitrarios, pero no señales de honor o de nobleza que trascendiesen a la posteridad y pasaran de padres a hijos. Este nuevo significado comenzaron a tomarlo las armerías en el siglo X y como consecuencia de los torneos, habiéndose regularizado su uso, su método y sus reglas en los tres siglos siguientes”.

En Colombia se mantienen aún en las fachadas de las casas solariegas los escudos de las familias que ocuparon esos inmuebles en la época de la colonia y en los muros espesos se resguardan imponentes figuras que solo detalla quien admira con mesura la fantástica revelación arquitectónica de esas “joyas” que aún permanecen de pie.

Una historia perfectamente se puede contar a través de cada escudo.

Los escudos llamados pétreos blasones se denominan así por haber sido construidos y tallados en piedra adosados a las paredes y fachadas porque posteriormente se hicieron en cuero, bronce, madera y con otros elementos que dieron una dinámica interesante a la heráldica.

El himno de Tunja compuesto por el músico Francisco Cristancho y el eximio poeta Alfredo Gómez Jaime, alude en su primera estrofa a los escudos de la hidalga villa. Salve ilustre villa de historiado escudo de pétreos blasones muy noble y leal Patria de los Zaques y glorioso nudo Entre el sol de Vargas y el de Boyacá. En la Casa del Fundador, la Casa Juan de Vargas, el hoy club Boyacá en Tunja o en las viviendas coloniales de Villa de Leyva, Monguí, Iza, Tibasosa por citar algunas, se conservan intactos los escudos en los centros históricos declarados patrimonio de la nación.

Tal vez heredadas de esa tradición, en los ángulos de las ciudades permanecen las placas en piedra que dan nombre a cada cuadra como la emblemática que bautiza como “esquina de la pulmonía” a una de los calles de la capital boyacense donde el frío se confabula con las corrientes de aire y la helada brisa humedece las mejillas porque en Tunja hasta las viudas tienen su calle.

Esa entonces es la heráldica, un reflejo vivo de épocas pasadas que ha convivido con las nuevas dinámicas de la sociedad Una herencia que no ha sucumbido en el remolino cambiante de los tiempos, más aún cuando las normas de la democracia colombiana todo lo admite, todo lo permite y todo lo modifica.

Pero estos símbolos anclados a los muros blancuzcos han soportado la nueva e innovadora tenacidad cambiante y siguen empotrados como un sello indeleble a la piel de nuestra historia, esa historia de la que ya muy pocos testimonios quedan, esa historia de cuyos testimonios arquitectónicos quedan cada vez menos.