Son una manera armónica, melódica y poética en castellano y portugués, tradicional de España y muy populares entre los siglos XV y XVIII. Esta es la historia de algunos de ellos.

La apertura de las fiestas de fin de año en Tunja estuvo a cargo de niños de la ciudad que cantaron los más tradicionales villancicos.

Estos cantos fueron en un principio obras profanas con estribillo, de corte popular armonizadas e interpretadas en polifonías que significa juego de voces.

Este vocablo refiere a su propio origen que hace alusión a la canción  de villa que describía la cotidianidad de los pueblos y que, de acuerdo a las investigaciones de los estudiosos del tema, se tiene como referencia que el Villancico apareció en el siglo XIII y se expandió por toda España en los siglos XV y XVI.

En nuestro continente el Villancico llegó sobre los albores del siglo XVII como una manera poética de expresar con alto contenido literario las costumbres, tradiciones y el diario acontecer de las comarcas, muy al estilo de las crónicas de nuestros vallenatos.

Como todos los ritmos, aires y tonadas, el Villancico tuvo también varios momentos de transformación y evolución a lo largo de la historia y en el siglo XIX fue asociado de manera determinante para entonarlos en las épocas de Navidad y sus contenidos se orientaron a temáticas que tenían que ver con el recorrido de José y María hacia Belén, el nacimiento del Niño Dios, la llegada de los Reyes Magos y la aparición de la estrella que sería la que iluminaría el sendero en la oscuridad para asegurar la llegada de la pareja celestial al establo.

Sin embargo hay villancicos que sencillamente se han cantado por siempre y han trascendido de generación en generación por sencilla lógica pero que realmente no logran llegar al alma de los pueblos porque no ha sido posible traducir sus letras y como el nacimiento de Jesús, sus letras siguen siendo un misterio; Tal es el caso de versos y frases como: “Tutaina tuturumaina”, “Campana sobre campana y sobre campana una”, “Yo me remendaba yo me remendé Yo me eché un remiendo yo me lo quité” y así mismo los rezos a José y María donde aparecen frases como la de “hijo putativo” que muchas veces no entienden los adultos y menos los niños que son quienes regularmente las repiten y las cantan.

Esas obras que por años hemos cantado tienen autor y compositor. En la investigación que hicimos no fue posible saber con exactitud quiénes fueron sus creadores, pero sí que fueron apropiados por las gentes de España y luego proclamados al mundo entero habiéndose convertido en lo que en la ley de derechos de autor se conoce como “obras de dominio público”.

Los peces en el río es un canto nacido en España que hace honor a la Virgen María y del cual se han hecho muchas versiones en diferentes aires y fusiones. Campana sobre campana obra de autor desconocido, aunque debe ser algún Andaluz creativo porque es de allí de donde se originó. Mi burrito sabanero. Cuyo creador fue el compositor venezolano Hugo Blanco en 1975, y luego de su estreno se propagó por toda España.

El tamborilero, un canto de origen checo que fue traducido al inglés en el año de 1941 por Katherine Davis y que de la misma manera fue aceptado de inmediato por los españoles quienes lo dieron a conocer al mundo en voces como la del cantante Raphael.

Noche de Paz, uno de los villancicos más recordados por los niños porque su estructura tonal se ajusta muy bien a las voces blancas pero que también se desconoce su autor. Blanca Navidad, obra de creación de Irving Berlín e interpretada por Bing Crosby, reconocida como una de las más cantadas en la época de Navidad habiendo sido interpretada y traducida a más de 20 idiomas.

Los villancicos son la mejor manera de reunir a la familia en torno al pesebre. Esa tradición se mantiene.

En Colombia los autores y compositores se han dado a la tarea de hacer bellas creaciones en ritmos tradicionales como bambucos, joropos, pasillos, bundes y cumbias para que sean entonadas por los niños y se conviertan también en insumo pedagógico para los profesores de música de colegios y procesos artísticos, como el caso de Jorge Humberto Jiménez, quien ha dedicado parte de su obra compositiva a los niños; Leonardo Laverde, que hace creaciones con un sentido reconciliador y épico; María Olga Piñeros, con sus tradicional “Niños Dios travieso”, por mencionar algunos de los nuestros.

De todas maneras, los villancicos son el lenguaje por medio del cual se puede traducir el amor y el afecto al niño Jesús que nace en el pesebre y la excusa perfecta para unir a padres, hijos, abuelos, nietos y amigos en torno al calor de ese hogar donde a través de los cantos y la novena aún se pueden comunicar porque a causa de la aparición de los celulares y el internet, el dialogo se acabó entre las familias, se olvidaron las tertulias y esas reuniones que nos permitían compartir tan bellos y memorables instantes ya son solo quimeras.

Pero los villancicos nos devuelven la fe perdida, nos reaniman y escucharlos es como dar voz al silencio y luz a las tinieblas porque están tan arraigados al corazón y al sentimiento colectivo que cada vez que un niño anida esos versos en sus gargantas es como si naciera el amor, así como nace Jesús en cada Navidad.